26/03/2010.- Cuando a través del Tratado de Roma en el año 1958 se creó la Comunidad Económica Europea las reglas de los socios fundadores estaban claras. Habían creado un club elitista de personas y gobiernos respetables, fiables y democráticos. Los que no cumplían esos requisitos, por más que se empeñasen en llamar a la puerta, no tenían la mínima posibilidad de ser recibidos por los jefes de aquella asociación.
Durante años varios países pretendieron tener relaciones especiales con la Comunidad Europea y en el plano de las relaciones comerciales se aceptó esa pretensión, pero sólo las naciones democráticas fueron admitidas como miembros de pleno derecho.
Recordar la historia de las distintas ampliaciones sería un empeño prolijo, pero lo que sí podemos contemplar con la perspectiva de estos años de alegrías y ampliaciones no muy exigentes es que, las reglas primigenias se han ido flexibilizando y al final ese club inicial en vez de fortalecerse se ha ido debilitando.
Sólo ha sido necesario que la crisis económica golpee con fuerza a los países miembros para que se acredite la diferencia real de un espacio común que artificialmente quería aparecer como cohesionado y sobre todo disciplinado en el cumplimiento de las normas comunes.
El euro está debilitado entre otras razones porque algunos países han hecho trampas. Las economías reales no se compadecían con las cuentas maquilladas que se exhibían y exhiben aun. Las agencias internacionales que acreditan la credibilidad y fortaleza de cada país tampoco son muy de fiar porque en ocasiones han sido cómplices del engaño.
Los países de la zona euro deben recuperar la disciplina fiscal, financiera, de reducción del déficit y de control del gasto público.
Un club sin reglas no tiene futuro y cuando alguien no las cumple no puede quedarse si es excluido, porque los que sí han sabido hacer bien las cosas no deben pagar los platos rotos de los demás.