Hay políticos que mueren de éxito porque acaban dando tanto mie-do a sus propios compañeros de partido que todo el mundo les pone zancadillas para tratar de quitarles de enmedio. A otros les pierde su sentido de la fidelidad y acaban pagando los errores del líder. A Esperanza Aguirre lo que puede perderla es su afán de la “obediencia debida” a Rajoy. Si Margaret Thatcher hubiera aceptado sin chistar las órdenes del enton-ces jefe del Partido Conservador, Edward Heath, nunca se hubiera convertido en la “Dama de Hierro”. Eso es lo que le puede ocurrir a Aguirre si mantienen, por encima de todo, esa lealtad a Mariano Rajoy, a pesar de que las tres cuartas partes del PP cree que con su actual líder nunca conseguirán ganar a Zapatero.Aguirre perdió la oportunidad de presentar su candidatura frente a Rajoy en el Congreso de Valencia, cuando el presidente del PP, salía tocado de la derrota de las elecciones genera-les de marzo de 2008. Aún en el caso de que hubiera perdido, su predisposición a enca-bezar a los conservadores españoles hubiera quedado clara. Frenar a sus fieles a mitad de la batalla, cuando hasta Telemadrid esta-ba lanzada contra Rajoy estuvo a punto de costarla un disgusto como luego se vió en la “traición” de Alfredo Prada, lo que la obligó a separarle del Gobierno autonómico. Posteriormente, su decisión de obedecer a Rajoy y obligar a los alcaldes del “caso Gür-tell” a dimitir, mientras desde el PP nacional se apoyaba a Camps y a Bárcenas, también tocados por el escándalo, provocó de nue-vo una sensación de inseguridad entre los suyos porque una cosa es que con Aguirre esté claro que “quien la hace la paga” y otra muy distinta que sus fieles sientan que basta una orden de Génova para que la presidenta madrileña prescinda de ellos, lo que la aca-baría por hacerla prescindir de su vice presi-dente primero, Ignacio González, que fue el que dió la cara en el Congreso de Valencia, y del secretario general del PP madrileño, Francisco Granados, sus auténticos guar-dias de corps.En la batalla por CajaMadrid también parece que Aguirre acabará sometiéndose a las órdenes de Rajoy, lo que redunda en la idea de que nunca será capaz de dar el salto a presidir el PP aunque lo que realmente le gusta es jugar en la política nacional. A pesar de que su contrincante interno, Alberto Ruiz-Gallardón, tampoco se ha atrevido a mostrar abiertamente sus cartas para sustituir a Rajoy al frente del PP, el tiempo juega más a su favor que en el caso de Aguirre. Para el PP perder las elecciones de 2012 sería una auténtica debacle que no sólo se llevaría por delante a su actual líder sino también a sus alternativas. Esperanza Aguirre que no se muerde la lengua puso el otro día el dedo en su propia llaga cuando explicó a los perio-distas que “ a mí me quieren mucho más los militantes del PP que la dirección del parti-do”. Quizás por ello lo que hubiera necesita-do es presentarse a unas primarias.