La economía sostenible a la que aspira el presi-dente Zapatero para nuestro país llegará en el mejor de los casos dentro de quince años, no antes y con una gran inversión pública y privada en investigación, en desarrollo y en innovación siempre que, además, se acierte en las áreas o sectores a potenciar desde una diferencia con la media europea en ese terreno de más de un punto del PIB. Mientras tanto el día a día lo abordan los ciudadanos desde una España insostenible, tanto en su estructura de estado como en sus problemas financieros y sociales.Para empezar y si creemos al presidente hasta finales del año próximo o comienzos del 2011 no habrá creación neta de empleo, o lo que es lo mismo: tenemos por delante un año más de incremento del paro, al que si le sumamos la temporalidad en palabras del secretario de Estado de Economía está ya en el 40 por ciento de la población activa. Si es así, este fenómeno de degradación social y humano se verá acompañado de más pro-blemas empresariales fruto, sobre todo, de un mantenimiento de los corto circuitos que han impuesto las entidades financieras a la “movilidad” del capital, a las líneas de crédito y descuento para las empresas en general y para las pymes en particular. Con el paro por encima del 20 por ciento es imposible que se reactive el consumo, una de las dos grandes palancas que nos permitieron crecer por encima de la media europea hasta hace dos años; la otra era la vivienda y la construcción de una media de 500.000 casas por año durante una década. Y si no se activa el consumo a lo peor las negras perspectivas que ve la revista “The Economist” para España se pueden cum-plir: no estamos muy mal, estamos peor y por mucho tiempo.Seamos optimistas, pese a todo, pues con el pesimismo no se va a ninguna parte, tan sólo se hace más grande el agujero. Con optimismo pode-mos pensar que nuestro sistema financiero se ajuste de una vez por todas durante el primer trimestre del 2010, con fusiones de cajas obligadas por el Banco de España, con “salidas con descuentos del 30 o 40 por ciento del stocks de viviendas” de las dis-tintas entidades, y con mayores garantías por parte de los controladores financieros internacionales para que no se produzcan nuevas y espectaculares burbujas financieras alentadas por la avaricia de unos pocos y la irresponsabilidad de otros muchos.De ser así, los flujos financieros dentro del sistema podrán retomar-se, no como en el pasado, pero sí como para permi-tir que las empre-sas puedan encau-zar sus cuentas de resultados y sus objetivos anuales con un poco mayor de holgura. Con el dinero circulan-do se podrá parar la destrucción de empleo, podrán atisbarse crecimientos cercanos al dígito en el segundo semestre y, también en parte por la mejora internacional, que nuestras finanzas e ingresos como país mejoren dentro de la cada vez mayor y más dura competitividad del mercado global en el que nos movemos.¿Caminaremos así hacia el nuevo paradigma que nos pro-pone el Gobierno?. Pues sí, pero con lentitud y dependiendo de que sea capaz cada una de las Administraciones públicas de aportar sus buenos granos de arena a la montaña común. No se discute la necesidad de un cambio de modelo económico para que no se dependa tanto de un sector como la construcción, capaz de crear mucho empleo y de forma muy rápida, pero también de destruirlo de igual manera y con un nivel forma-tivo y tecnológico muy limitado: mano de obra barata y poco cualificada que no es capaz de competir en entornos de crisis y que además se gasta mucho más de lo que aporta inicialmente con enorme velocidad, tanto en lo referente a los fondos de desempleo como a los de la Seguridad Social.Los ciudadanos en nuestro día a día no nos planteamos algu-nas cuestiones que son básicas en este presente y en el próximo futuro. Parece que no nos afectan, que están reservadas para la clase política, para los partidos políticos y para eso que se llama la minoría dirigente. Y no es así. Basta con hacerse una pregunta ante el gasto global del estado en su estructura, ahora que parece inevitable que más pronto o más tarde tenga que cambiarse de nuevo con el tema de los Estatutos, salga cuando salga la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el texto de Cataluña: ¿puede un país como España aguantar una estruc-tura tan compleja y cara como la que se ha creado a partir de la Constitución de 1978 a través del propio estado central, las autonomías y los ayuntamientos?. ¿Podemos gastar miles de millones de euros en millones de funcionarios, sedes guber-namentales, palacios de congresos, sedes culturales, centros deportivos, empresas públicas y semipúblicas, fastos de todo tipo…?
Ya se que es muy difícil, por no decir casi imposi-ble, que se pueda dar marcha atrás a lo que comen-zó siendo el café para todos de hace treinta años, pero convendría que se revisaran no sólo los textos de derechos y obligaciones, de historia común o particular de nuestras autonomías, de si lo hicimos bien o mal con los moriscos, con los Borbones o con los vascos y celtas que resistieron más ante romanos y árabes hace dos mil años. Convendría que se revisaran los Presupuestos de cada una de nuestras llamadas identidades y entidades, sobre todo para evitar el sonrojo y estu-por que causa que se pidan y paguen traductores en las Cortes para que los españoles de Cataluña se entiendan con los de Andalucía o los de Euskadi con los de Galicia cuando el idioma común, que es ade-más de un activo cultural un activo financiero a nivel mundial, es una riqueza para todos y una obligación constitucional. Por no poner más ejemplos de lo que cualquier familia hace en su casa.
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