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Los 5 errores de Zapatero

Jueves 02 de octubre de 2014
¿En qué se ha equivocado Rodríguez Zapatero para haber sufrido –y ha podido ser peor, por cier-to—el golpazo electoral del pasado 7 de junio? Tras los resultados que salieron de las urnas y de una campaña más volcada en los temas internos de España que en los problemas a los que se enfrenta Europa, que no son pocos, con él mismo y Maria-no Rajoy enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo por encima de sus dos candidatos, lo más sencillo es decir que el Gobierno socialista lleva meses gestionando mal la crisis económica, y que ahí está la raíz de todos sus males. De paso resulta evidente que el presidente y secretario general del PSOE se equivocó en no pocas actitudes, desmintiendo una tradición de talante que tantos éxitos le había dado desde que llegó al liderazgo de su partido en el cada vez más lejano y brumoso 2000. Se puede hablar de cinco errores de bulto que encabezan las razones de una derrota.Hay más, muchas más y más profundas razones que explican la derrota de unos y la victoria ( no tan holgada como les hubiera gustado ) de otros. En el análisis imprescindible de las razones por las que los resultados del 7-j favorecieron en España a Rajoy y no a los socialistas, quebrando una racha de cinco años, habría que empezar por los comicios gallegos, seguir por lo ajustado de los vascos, entrar en las pifias cometidas y no enmendadas de actitudes como la del avión presidencial para acudir a los mítines de campaña utilizadas por sus adversarios hasta la saciedad a la vista del buen resultado que algo parecido les proporcionó en las elecciones gallegas, y seguir con el “lanzamiento” de propues-tas legales tan discutibles y discutidas de cara a los ciudadanos como la nueva ley del aborto, los retrasos constitucionales de los Estatutos, sobre todo en Cataluña, y una pérdida de identidad y liderazgo en comunidades autonómicas tan importantes como la madrileña y la valenciana. Junto a estas razones coloquemos el “acierto electoral” del PP al colocar sus presuntos casos de corrupción en el ámbito políti-co sacándolo, por lo menos hasta ahora, del judicial e incluso del policial. Y que el vicepresidente Chaves no saliera con prontitud y personalmente a responder a ciertos ataques –parece que un poco prendidos con alfileres, pero ese no es ahora el tema—contra su honorabilidad es algo que sin duda también ha pesado en la campaña y en la votación posterior.Podríamos traer aquí a colación, bastantes mete-duras de pata, ciertos deslices, un ápice de prepoten-cia, que han hecho un poco más antipático al Gobierno socialista, independientemente de sus errores (o acier-tos) a la hora de enfocar la crisis global que se vive en el mundo financiero desde mediados de 2007. Que, por cierto, no afecta solamente a los españoles, ni exclusiva-mente a los socialistas europeos, que tan mal librados han salido de este lance. Crisis sobre la que cada día se escuchan cosas nuevas, recetas milagrosas, anuncios terribles por parte de casi los mismos que no la vieron venir, fueron protagonistas de la misma o la están utilizando para imponer la mejor de las salidas para sus intereses.Todo lo dicho ha pesado, qué duda cabe, de cara a los malos resultados electorales de un Gobierno que parece sentirse perseguido per-sonalmente por una admitida recesión mundial que afecta también al resto de los ejecutivos europeos, pero con desigual fortuna. En los pasados comcios del 7 de junio salie-ron bien librados Sarkozy y Merkel, e incluso Berlusconi, y mal y hasta muy mal, Zapatero, Sócrates y Brown. Se ha castigado las ofertas socialdemócratas y se ha primado a las liberales. Parece como si los ciudadanos a la hora de apostar por los gestores de la salida de la crisis lo hicieran más o lo buscarán más en la derecha que en la izquierda.Vayamos más lejos: ¿qué piden los electores espa-ñoles, y probable-mente también muchos en el resto de Europa? : piden cambios profundos, men-talidades nuevas, una forma revolucionaria de encarar los proble-mas, desde más justicia social a soluciones al evidente cambio climático; desde una auténtica concepción de lo que significa el mercado global a nivel de sociedades del bienestar más exigentes y articulados controles de los flujos y mecanismos financieros.
En el puro ámbito político, es posible que estemos vivien-do nuestras últimas campañas de formato ‘clásico’: de seguir como hasta ahora puede que dentro de poco los mítines pierdan su carácter de autoafirmación ante los votantes, y que ni nadie o muy poca gente escuche los vídeos propagandísticos de los partidos. No conmoverán a los ciudadanos los groseros ataques que unos y otros se cruzan entre ellos y todos pedirán, pediremos, propuestas y soluciones a los problemas reales de cada día. Y si hay que cambiar los parámetros de desarrollo y los modelos sociales, pues tendrán que decirlo, proponerlo y llevarlo a la práctica, salvo que nuestros dirigentes busquen que en cada elección el número de ausentes de las urnas crezca sin parar.Y es precisamente aquí donde, en mi opinión, más se han equi-vocado Zapatero y sus muchachos; la situación requiere, o muchos piensan que requiere, no parches aislados, sino soluciones arries-gadas, un valor torero para encarnar esta coyuntura. Una grande-za de miras que descarta, entre otras cosas, sectarismos o ideas excluyentes. Un gran pacto con el Partido Popular, en suma, y con quienes a él quieran adherirse. Puede que ahora, concluída la feroz campaña electoral, haya llegado el momento en el que Zapatero llame a Rajoy a La Moncloa y lleguen a una serie de acuerdos a los que quizá puedan adherirse otras formaciones, aunque sea de forma coyuntural.Siempre he dicho que la salida más lógica a la situación con la que partimos en 2004 hubiese pasado por un entendimiento de amplio espectro, generoso y magnánimo, entre los socialistas y el Partido Popular, entre los que, al fin y al cabo, no hay tan grandes diferencias como para hacer imposible el pacto. Se ha perdido la oportunidad.No ha sido así, sino precisamente al contrario: el Gobierno de ZP parece poner sus ojos en las pequeñas formaciones parlamentarias, en lugar de en un acuerdo de mayor calibre, para no perder así un cierto concepto de pureza izquierdista.Me parece que el principal error de Zapatero consiste en seguir viviendo en una época en la que izquierda y dere-cha estaban frontalmente enfrentadas, como si no se hubiesen dulcificado los perfiles: esta derecha no es la clerical que niega sus derechos a los obreros. Ni la izquierda es esa corriente utópica enfrentada a los empresarios que algu-nos en el PP aún pretenden hacernos ver y cuyo espantajo han agitado en la campaña electoral. El diagnóstico correc-to consiste, entiendo, en comenzar por admitir esto: de la crisis saldremos juntos...o nos arrastraremos juntos mientras el resto de países despega. ¿Habrán enten-dido esta vez –al fin—el mensaje de las urnas estos políticos nuestros, tan dados al ‘instant politik’, a la estrategia a muy, muy corto plazo.


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