Jueves 02 de octubre de 2014
La crisis económica que azota a todo el mundo, de forma muy dura a Europa y especialmente a España está haciendo que la identidad europea tan largamente buscada, tan trabajosamente acordada ( lo último en el tratado de Lisboa ) y tan necesaria de defender en el plano político haga aguas por los cuatro costados. Europa se desinfla como los balones pinchados, en este caso con la larga y afilada aguja de la crisis financiera, que al margen de si se inició en Wall Street o en las Bolsas del Continente, ha contaminado con enorme rapidez a todo el sistema y a todos los sectores. La Europa económica marcha mal y la constitucional aún peor, sin una norma básica que regule las relaciones de los estados y de los ciudadanos de una forma clara, directa e igual para todos. El parón legal se nota en estos momentos con más fuerza que hace un año cuando Francia e Irlanda pusieron pie en pared, pues cada uno de los países defiende sus intereses, defiende sus entidades financieras y sus empresas y busca su propio camino para salir cuanto antes de la crisis al menor coste posible. Y además, con unos gobiernos de partido y unas oposiciones de partido que compiten en escasos meses por el sillón del gobierno. Si las diferencias internas en Europa se han hecho sentir en las cumbres del G-20, sin una voz que defienda los intereses comunes frente a los otros actores internacionales como son Estados Unidos, Iberoamérica ( Brasil ), China, India y Rusia; el avance de la recesión y el paro está llevando a que las recetas del Banco Central lleguen tarde, que no sea posible un pacto político a nivel de estados, y tampoco a nivel de fuerzas ideológicas, que se critique al euro como agente inflacionario desde su implantación y que la llegada de los nuevos miembros del Este aparezca más como una carga que como una ayuda al desarrollo de las respectivas economías. Las cifras asustan y sin volver a repetir los miles de millones de euros empleados en la salvación del sistema financiero, lo que aparece en el más inmediato futuro es que las previsiones en cuanto al déficit público no valen para casi nada. España superará ampliamente el tres por ciento pero es que Gran Bretaña ya ha aceptado que llegará al doce por ciento. Más vale inflación futura que deflación presente, más vale endeudamiento del estado que crisis social, más vale sostener a los parados y a sus familias que perder unas elecciones. La Europa del mercado se mueve en silla de ruedas, con las piernas financieras anquilosadas y las manos laborales incapaces de competir con los costes de los países asiáticos, los de los nuevos socios o los del vecino Magreb. Prueba de todo ello es que en este inicio real de la campaña a las elecciones del siete de junio se habla mucho de la crisis, de las mejores formas de salir de ella, de la necesidad de medidas sociales para las familias y de medidas fiscales para las empresas; y muy poco o casi nada de lo que significan en sí mismas estas elecciones. Se habla muy poco de ese desconocido Parlamento de Estrasburgo pese a que cada vez más leyes nacionales dependen de lo que allí se legisle y apruebe; se habla muy poco de la Comisión como gobierno europeo pese a que cada vez más los Comisarios emiten más informes y comprometen más los desarrollos de los distintos países. Las tentaciones nacionalistas aparecen con fuerza y cada país mira al vecino no como un aliado, le mira como un competidor.ólo con el mercado, sólo con el dinero es imposible que se construya la Europa del siglo XXI. Convertir a treinta países en una supernación requiere muchos más pasos políticos y esta crisis podría ser una de las mejores “excusas” para andarlos, pero junto al miedo, a la naciente desesperación de algunas clases sociales, a la falta de ideas y de explicaciones convincentes, está la notable falta de liderazgo y la evidente crisis política por la que pasan todos los gobiernos. Crisis que ya se ha llevado por delante a más de un primer ministro y a una buena lista de colaboradores. En Gran Bretaña, Gordon Brown está buscando desesperadamente una solución a la imparable marcha de sus adversarios conservadores y liberales; en Francia, Nicolás Sarkozy se beneficia de las luchas internas del socialismo que van para largo; en Italia, Silvio Berlusconi ve derrumbarse su popularidad pese a la falta de alternativas de la oposición; en Alemania, Angela Merkel ha perdido todo el mérito acumulado con su llegada al poder y su pacto de unión nacional con los socialdemócratas. Y así casi hasta el infinito de una Islandia en bancarrota que ha roto con una “tradición” de cincuenta años y ha dado el poder a los socialistas. Si Europa quiere que su “balón” se infle de nuevo tendrá que desarrollar los niveles políticos aún más que los niveles económicos. Tendrá que acordar políticas financieras y sociales que se puedan imponer en todos los estados miembros y verse a sí misma como una zona del mundo en competencia y también en diálogo con el resto, empezando por Estados Unidos y siguiendo por el Asia de las dos grandes potencias emergentes, China y la India. El no hacerlo será aceptar que en el siguiente embate de una gran crisis el propio concepto de Europa estará en peligro.
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