Plano corto. Puerta principal de la sede central del PP en la calle Génova, con el sol de Madrid a 48 grados centígrados. Imagen de calendario digital girando en el tiempo hasta 2017. Planta de presidencia: sale Mariano Rajoy de su antiguo despacho y entra José María Aznar en ese mismo antiguo despacho. Un anuncio de los nuevos tiempos en la derecha española, que serán breves. Pablo Casado ha pasado por la sede de CaixaBank en el paseo de la Castellana, como otras veces. Plano de la Embajada de EE. UU. y giro hasta el edificio bancario. Música de soul. Rostros de Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría que se disuelven.
Plano de la espalda de Teodoro García Egea, con un café en la mano, alejándose del ascensor. Pablo Casado sonríe. Han conquistado el poder. No hay agradecimientos, pero los dos saben que son fruto de un rebote inesperado durante el Congreso Nacional de julio. Dos mujeres que se odian y quieren lo mismo; y dos hombres que no se soportan y se echan zancadillas.
Pablo Casado es el anfitrión que les debe mucho a los cuatro: a José María Aznar, por dotarle de un discurso político desde FAES, alejado de los postulados oficiales del Gobierno de Mariano Rajoy; y a este, por haberle dotado de una imagen interna y externa desde su cargo de vicesecretario de Comunicación. Sin ellos y sin el apoyo final de María Dolores para impedir que ganara Soraya tras quedar tercera en la primera vuelta —siempre hay que buscar a la mujer en toda ficción que se precie—, no habría logrado encumbrarse a la presidencia del partido.
Dados los gustos cinematográficos del nuevo líder de la derecha española, confidencias de viejo amigo sevillano por medio, me asaltó la duda a la hora de colocar lo que estaba pasando en el seno del PP si lo comparaba con la saga galáctica de George Lucas, por un lado, y la serie televisiva basada en la novela de Evelyn Waugh, por otro. Se puede mirar al futuro narrado con clichés del pasado o al pasado con la nostalgia de un futuro imposible. Podía visitar la luna de Endor y hacernos cómplices de ese peculiar universo de los ewoks que pululan por las plantas y los pasillos del universo “genovés” en este remake de “El retorno del Jedi”; o bien, cargado de nostálgicas dudas, atribuirle al expresidente que cambió a la derecha española hace 37 años el papel de lord Marchmain, el patriarca de “Retorno a Brideshead”. Personajes y protagonistas para ambas opciones hay para aburrir, con buenos, malos, héroes y malvados, relaciones dudosas y ambiciones por encima de cualquier ambición moderada.
Puede que si desde el actual Partido Popular miraran más hacia el exterior, verían en el tercer episodio de la saga norteamericana muchos puntos en común con lo que les ha pasado en estos tiempos en su relación con su gran adversario, el PSOE de Pedro Sánchez, quien, convertido en un “resucitado” Darth Sidious, pretende construir a marchas forzadas una nueva “estrella de la muerte” que mantenga a la derecha española en el ostracismo durante cinco años más, al menos. La mansión británica está llena de buenas maneras y su futuro encaja de forma perfecta en el paisaje isabelino. La ironía es la reina y la sangre está ausente incluso en las conspiraciones. En Endor hay otro tipo de batalla y hasta el sexo de Anakin Skywalker ha cambiado para transformar a la princesa Leia en la auténtica némesis del emperador.
Si miramos como espectadores al interior del Partido Popular, las batallas familiares de Brideshead encajarían de forma perfecta en las confrontaciones que hemos contemplado a lo largo de los últimos años y, especialmente, en las trepidantes e inesperadas semanas que arrancaron hace ocho años en una tarde de junio. Las circunstancias han cambiado y Darth Vader habla gallego, defiende a su jefe sin dudar nunca y está convencido de que su creciente papel como el mandaloriano Din Djarin le llevará a convertirse en el más eficaz de los cerrojos del Palacio de La Moncloa.