Desde la felicitación de Mariano Rajoy a Pedro Sánchez como vencedor en la moción de censura de junio de 2018 y su posterior adiós del hemiciclo en busca de una comida reparadora en el restaurante de uno de sus mayores defensores, justo al lado de la plaza de la Independencia, mientras el bolso de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría hacía visible el futuro del Partido Popular, al dirigente socialista que lleva ocho años sentado al frente del Gobierno le persigue la obsesión enfermiza que tienen sus adversarios para que se marche.
Si pudieran, algunos lo llevarían esposado a una oscura celda; otros lo arrojarían al cesto de la ropa sucia; y el resto se sentaría en una silla haciendo ganchillo para ver cómo rodaba su cabeza tras recibir en el cuello el filo de la guillotina. Ninguno de los cinco presidentes del Gobierno que le han precedido ha sufrido tal suma de ataques y descalificaciones. Menos mal que la economía española crece más que la del resto de Europa y que las inversiones de las grandes compañías siguen llegando; con un amago de recesión, Pedro Sánchez estaría ardiendo en la hoguera.
Nuestra democracia tiene soluciones para este aparente camino sin salida, pero ninguno de los posibles caminantes desea dar el primer paso. Ni los justicieros de dentro del PSOE, ni los asaltantes de la oposición, ni siquiera los incómodos compañeros de viaje. Muchas prisas sin explicar los verdaderos motivos de esa suma de deseos. ¿La corrupción, las mentiras, las derrotas autonómicas, la falta de votos propios y la inestabilidad de los alquilados? Todas esas razones podrían llevar al protagonista a coger la puerta de La Moncloa y marcharse, pero no quiere. No puede. No le interesa. Si quieren verle fuera del cuadrilátero del poder tendrán que noquearle; él no va a tirar la toalla al centro del ring.
Desde el interior del PSOE, si la oposición interna —que la tiene— desea probar suerte, tan solo tiene que buscar la mitad más una de las firmas de la militancia con derecho a voto, exigir un congreso extraordinario y conseguir que Pedro Sánchez deje de ser secretario general. ¿Dejaría la presidencia del Gobierno de forma automática? No. ¿Podría enquistarse en el poder hasta convocar elecciones generales y volver a luchar por ser el candidato de los socialistas? Sí. Otra pirueta política inédita, pero posible.
¿Pueden 45 parlamentarios del PSOE negociar y pactar con el PP una moción de censura que derribe al Gobierno y “mate” a Sánchez sin que tenga Feijóo que pactar con Vox, la bicha negra que asusta a casi todos? Pueden. Les llamarían traidores y podrían perder el sillón del que ahora gozan, pero sería su sacrificio necesario para acabar con la situación que tanto critican, unos en público —los menos— y otros en privado —algunos más—.
¿Pueden los cinco parlamentarios del PNV aceptar que una moción de censura cuente con sus votos y los de Vox, con un solo punto en el programa del futuro presidente: convocatoria inmediata de elecciones? Pueden, pero ni Esteban ni Pradales se atreven. Y lo mismo ocurre en Cataluña.
¿Lo puede hacer la izquierda del socialdemócrata PSOE? Lo puede hacer. Tendría que apoyar al PP de Feijóo con la condición de que no estuviera Santiago Abascal en esa ecuación. Y hasta podría “sacrificar” cuatro votos para pasar de los 176 escaños necesarios. No lo harán: hablarán, se quejarán, pero a la espera de unas elecciones generales en las que consigan mantener unos mínimos escaños, los suficientes para seguir vivos en la esfera política.
Las combinaciones políticas existen, acompañadas de riesgos personales para el futuro. De ahí que los insultos se crucen y se repitan, y que todos miren a los jueces, a la Policía y a la Guardia Civil como si de ellos dependiera la “salvación de la democracia”. No es así: nuestro sistema constitucional está diseñado para resolver sus propios problemas. Lo que ocurre es que aquellos que deben asumir las responsabilidades que les competen no lo hacen. Por eso la obsesión contra Pedro Sánchez se ha vuelto enfermiza y está pudriendo la convivencia nacional con la ayuda indispensable y corrosiva de los medios y redes de comunicación. En este caso, los mensajeros cuentan, y mucho. Unos pocos lo saben y disfrutan de ese poder vicario.