Jueves 02 de octubre de 2014
Mano de hierro en guante de seda, esa es Cristina Cifuentes, actual delegada del Gobierno en Madrid, quien gusta marcar la diferencia políticamente hablando, y dejar constancia de ello. Así ha quedado patente en su primera gran prueba de fuego al frente de la Delegación- la huelga general no fue tal al estar bajo el control de los sindicatos- que no ha sido otra que la del primer aniversario del 15-M.
Para ir calentando motores, la pizpireta Cifuentes, no se sabe si cubierta con casco y enfundada en traje de cuero abordo de su moto, se “infiltraba”, así lo narraba ella misma con cierto regocijo, en una asamblea del colectivo sin ser reconocida, para comprobar in situ que se cocinaba de cara a la celebración del año de vida de este movimiento.
Al más puro estilo del famoso film, la delegada, a quien, dice, “le gusta ver las cosas sobre el terreno y suele ir a los sitios sin avisar”, hizo primero su trabajo de campo para a renglón seguido comenzar a desgranar día sí y día también el rosario de ofrecimientos al 15-M con los que evitar la temida acampada en la puerta del Sol.
Llegado el día de autos, con él llegaba también la táctica del palo y la zanahoria por parte de la responsable de la Delegación. Cifuentes primero pareció consentir con gran “talante” el desafío del 15-M prolongado el horario fijado para la concentración, guante de seda para no enviar a la policía, algo que prácticamente hubiera sido imposible, contra los miles de manifestantes congregados en el kilómetro 0.
La mano de acero llegaba después, como era previsible, al disminuir el número de concentrados en la Puerta del Sol. Debilitado numéricamente el contrincante, había llegado el momento de mandar el desalojo policial del lugar y con ello las detenciones y la demostración de fuerza del poder.
La delegada del Gobierno limpiaba la plaza de “indignados” para acoger el lunes una manifestación mucho menos molesta y problemática para la clase política, como la protagonizada el lunes por los aficionados del Real Madrid para celebrar la liga, que ya se sabe que todo lo que el fútbol lleva aparejado no molesta ni altera el devenir ciudadano. ¿O tal vez sí?
Puede decirse que Cifuentes ha pasado con aparente éxito su primera revalida en el cargo, merced a su peculiar estilo del palo y la zanahoria; por un lado, autorizando durante algunas horas la concentración en Sol (algo que Esperanza Aguirre clamaba por evitar) y, por otro, colocando más policías por metro cuadrado que manifestantes.
Una forma de hacer y entender el cargo que casa bien con esa dualidad ideológico-política de Cifuentes, entusiasta de pensamientos tan dispares como el de Paul Auster y Salustio: “Para quien no tenemos creencia, la Democracia es nuestra religión (Auster)” y “Sólo unos pocos buscan la libertad, la mayoría no busca más que buenos amos (Salustio)”. Toda una declaración de intenciones y pensamiento, hasta el punto que la delegada ora batalla porque se retire lo de cristiano en la nomenclatura del PP (así lo hizo en el último Congreso de su partido), que ora defiende a capa y espada cualquier actuación policial aunque está esté en entredicho.
Sí cuando ocupaba sillón en la Mesa de la Asamblea de la Comunidad de Madrid se convirtió en la tuitera más famosa del hemiciclo (además de aventajada periodista retransmitiendo cuanto acontecía en la Cámara regional, ejercía también de martillo de herejes del socialismo madrileño, atizando mandobles a sus alcaldes), ahora, con un escenario y atribuciones bien distintas, Cifuentes promete no dejar indiferente a nadie aunque para ello tenga que “infiltrarse”, cual avezada espía allá donde pueda haber un foco de conflicto para su Delegación.