RAUL HERAS

Todos ganan, todos perdemos

Jueves 02 de octubre de 2014
Ninguna de las dos partes va a perder en esta huelga general: ni el gobierno admitirá que la jornada de paro ha triunfado en las grandes empresas y en los grandes centros de distribución, con miles de trabajadores protestando contra la reforma laboral; ni lo sindicatos asumirán que la incidencia en las ciudades ha sido mínima.

Todos dirán que han ganado y que las decenas de detenidos entre los piquetes, y los pocos heridos leves - hasta mediada la mañana - son pequeños incidentes que no afectan al eje central de este primer pulso que han echado los dos contendientes. Por nuestra parte, por la parte de los ciudadanos todos perdemos, todos seguimos perdiendo como víctimas de una crisis que han organizado otros, de la que se han beneficiado y se están beneficiando otros, los mismos, y que para combatirla, las medidas que se están tomando no han hecho más que ahondar en el problema, incapaces los gobernantes de escoger otros caminos que no sean los que les dictan los mercados financieros, esos que produjeron el colapso hace cinco años.

Así es como hay que analizar la jornada de huelga, creo yo, como un primer asalto de un combate mucho mas largo que se va a celebrar durante toda la actual Legislatura, y que estará acompañado de otras luchas paralelas en todas y cada una de las autonomías entre los distintos gobiernos regionales y la oposición, ya sea esta política, sindical o social, que es la parte menos organizada hasta ahora pero que puede terminar siendo la más dura, la más crucial en el enfrentamiento global que la sociedad española en su conjunto tiene contra la crisis.

El gobierno de Mariano Rajoy, con su presidente a la cabeza, sabía - y así lo plasmó el propio Rajoy en su primera aparición en Europa - que las medidas de ajuste iban a provocar la respuesta de los sindicatos en forma de huelga general. No le ha pilado de sorpresa ni la convocatoria, ni la inmediatez, apenas cien días después de su toma de posesión.

Los sindicatos, muy debilitados en apoyos entre los propios trabajadores en los últimos años, eran conscientes de que tras los movimientos sociales del 15-M, o se colocaban a la cabeza de la manifestación contra los recortes y las nuevas leyes laborales o corrían el peligro de diluirse y perder su carácter de protagonistas en la defensa de los trabajadores. Tenían que reaccionar a las primeras de cambio, en cuanto el gobierno pusiera en marcha una de sus reformas estrella, la laboral, y así lo han hecho. Con el respaldo político de los partidos de la llamada izquierda, PSOE e IU, que tampoco pueden "olvidarse" de sus orígenes, ni la necesidad que tienen de expresar su oposición al gobierno desde la calle y no solo desde las sedes parlamentarias del Congreso, el Senado o las Asambleas autonómicas.

La huelga general se tenía que producir. Era inevitable que así sucediera y estaba más que descontado en todos los análisis y proyecciones que se han hecho desde todos los estamentos políticos y económicos, tanto dentro como fuera de España. Viene ahora, tras las manifestaciones que se celebren en las distintas capitales, y sobre todo la que termina en la Puerta del Sol en Madrid, la parte más difícil: el gobierno no puede mover ficha en el sentido que le piden los sindicatos; y éstos no pueden dejar de oponerse por más llamadas al sentido de responsabilidad y de estado que les hagan desde el ejecutivo o desde la patronal.

Asumamos todos que estamos en el inicio de los enfrentamientos duros y hasta violentos en nuestro país, que los protagonistas de este combate van a ir variando, que los que en esta jornada de huelga aparecen como principales pueden dejar de serlo arrastrados por unas protestas sociales más numerosas, más espontáneas y menos controlables. Salvo que se de una mejora sustancial en la economía - que no parece, ni aparece en el futuro inmediato - la tensión ciudadana va a aumentar de forma geométrica, el desgaste del gobierno va a ser mayor, las expectativas de diálogo y consenso serán menores, y la lucha partidista cobrará una nueva dimensión entre una oposición reducida en sus poderes y un Partido Popular que mantiene el mayor poder político que ha tenido una formación en España desde que se inició la democracia. Y dicho todo estos, tenemos la obligación cada uno dónde esté y dónde trabaje y se mueva de ser optimistas, de mirar el futuro con optimismo y cargados de esperanza.