NOTICIAS

La Rusia de siempre

Francisco Soto | Jueves 02 de octubre de 2014
El atentado contra el aeropuerto moscovita de Domodedovo pone al descubierto las deficiencias estructurales y democráticas del Estado ruso.

El brutal atentado cometido por terroristas de origen caucásico contra el aeropuerto moscovita de Domodedovo, que ha causado la muerte de 35 personas y unos 170 heridos, ha puesto al descubierto las graves deficiencias estructurales que sufre Rusia y el escaso apego de sus dirigentes a los valores democráticos. Casi dos décadas después del hundimiento de la URSS, Rusia, que constituyó el corazón del imperio soviético, no consigue convertirse en un verdadero Estado de derecho. El crimen político, el autoritarismo, la mentira, la falta de respeto a la ciudadanía, la corrupción y otras lacras del pasado comunista y zarista siguen presentes en los aparatos estatales, y el intento, no se sabe si real y sincero o meramente formal, del presidente Dimitri Medvédev por democratizar y modernizar el país no arranca. El primer ministro, Vladimir Putin, y su casta de asesores y ayudantes procedentes de los aparatos de seguridad rusos y soviéticos y oligarcas obedientes constituyen el principal freno al cambio político, social y cultural. La estrategia del Estado ruso contra el terrorismo de origen caucásico es una guerra sucia que no tiene en cuenta límites políticos, jurídicos y morales y en la que ni siquiera se protege adecuadamente la seguridad de los ciudadanos de la Federación Rusa, como ha quedado de manifiesto en la matanza del aeropuerto de Domodedovo. La capital rusa ha sido golpeada en varias ocasiones por diversos grupos de insurgentes procedentes del Cáucaso Norte, una región que ha sido escenario de dos violentas guerras de independencia en Chechenia, en los años 90 del siglo XX. En 1999, durante el denominado “Septiembre negro”, más de 300 personas perdieron la vida en Moscú en una serie de atentados. En 2002, un grupo de terroristas chechenos secuestró a 800 personas en el teatro Dubrovka de Moscú. La Policía asaltó el teatro y durante la operación murieron 129 espectadores. En 2004, 41 personas perdieron la vida en la capital rusa en una explosión en el metro. En noviembre de 2009, un atentado contra el tren Nevski Express que une Moscú con San Petersburgo causó la muerte de 28 pasajeros. El 15 de febrero de 2010, en una entrevista con un portal de Internet islamista, el jefe de los insurgentes chechenos, Doku Umarov, declaró: “La sangre ya no se limitará a las ciudades del Cáucaso. La guerra llegará a las ciudades rusas”. La advertencia criminal se cumplió el 29 de marzo, cuando dos explosiones golpearon las estaciones Lubyanka y Park Kulturi del metro de Moscú, provocando la muerte de 39 personas y 70 heridos.

Un país fallido.

Según el semanario polaco ‘Polityka’, “el atentado contra el aeropuerto de Moscú demuestra el poco éxito del Gobierno ruso a la hora de combatir a los terroristas islamistas”, porque “el país ha fallado a la hora de hacerse con el control de la situación en el Cáucaso norte”. En la misma línea crítica, la emisora ‘Radio France Internacional’ (RFI) considera que “dos elementos se enfrentan en el Cáucaso, y rivalizan en cuanto a brutalidad y ceguera: el nacionalismo de Estado ruso y el islamismo radical”. Rusia está en conflicto con el Cáucaso prácticamente desde el siglo XVI, y a fecha de hoy ha sido incapaz de buscar soluciones políticas a esta situación. La fuerza bruta, la represión pura y dura, las violaciones generalizadas y constantes de los derechos humanos, que salieron a relucir durante la dos guerras de Chechenia, han sido la única respuesta de Moscú a estos conflictos. Esta estrategia estúpida e inútil y la incapacidad del Estado ruso por encontrar a tiempo una solución razonable, negociada y duradera a los conflictos del Cáucaso norte han creado una distancia enorme entre las poblaciones de esta amplio y convulso territorio y han dado alas al fanatismo religioso y a los grupos armados. Chechenia, Daguestán, Inguchetia y otros territorios se han hundido en un torbellino sin fin de conflictos violentos, pobreza y decadencia social y económica donde la crueldad y el crimen organizado campan a sus anchas y los ciudadanos de a pie viven aterrorizados. De ese caldo de cultivo perverso sacan sus fuerzas los diversos grupos islamistas de inspiración wahabita. Según el especialista en el Cáucaso norte Grigori Chedov, en 2010 se produjeron 192 atentados en Chechenia, Daguestán e Inguchetia. La respuesta de Moscú sigue siendo la de siempre: cerrazón política, promoción de líderes locales criminales y corruptos y represión indiscriminada de la población. El presidente Boris Yeltsin se enfrentó sin éxito a los independentistas chechenos a mediados de los años 90 del siglo XX. En 1997 se celebraron en Chechenia elecciones democráticas aceptadas por todas las partes en conflicto. Pero el régimen de Aslán Masjádov no supo acabar con las divisiones clánicas del país y edificar un verdadero Estado democrático. Chechenia cayó en un pozo de violencia e inestabilidad, y en 1999 Putin impulsó una segunda guerra que se saldó con la derrota de los insurgentes independentistas y la imposición de un régimen brutal a las órdenes del Kremlin.

“Venganza inevitable”.

Después del atentado Domodedovo, Vladimir Putin abogó por la “venganza inevitable”, como si fuera un vulgar chulo de tasca enzarzado en una discusión barriobajera a raíz de un atentado terrorista. “Los terroristas pagarán por este acto cruel y sin sentido”, anunció Putin. En un tono más prudente, Medvédev reconoció abiertamente que Rusia es un país vulnerable al terrorismo y criticó el “nivel insuficiente e incluso inaceptable de trabajo de los servicios de seguridad” en las redes de comunicación del país, como los aeropuertos. Los medios de comunicación occidentales se han hecho eco de muchas noticias sobre la incapacidad de las fuerzas de seguridad por proteger los intereses de viajeros y ciudadanos en el aeropuerto moscovita de Domodedovo y la facilidad con la que algunos agentes se corrompían. Por ello, el presidente ruso ha exigido la dimisión de altos cargos políticos, técnicos y de seguridad. Así las cosas, la última matanza en Moscú daña seriamente la credibilidad de Rusia como país serio y seguro, puede comprometer el buen desarrollo de eventos futuros, como la celebración de los Juegos Olímpicos de invierno, y frenar las inversiones extranjeras.