30/12/2010.- El Rey ha hecho el discurso obligado: todas las referencias posibles e imposibles a la crisis y a las necesidades de reformas profundas en nuestro sistema económico, muy en la línea de lo planteado por el presidente del Gobierno en su última comparecencia ante el pleno del Congreso, y por el resto de las fuerzas políticas salvo Izquierda Unida.
Para que la España del futuro funcione no queda más remedio - según la tesis oficial recogida y ampliada por el recién converso al capitalismo más clásico y retrógrado que no es otro que el presidente del Gobierno, dispuesto una vez más a que desde el socialismo en el poder se le haga el “trabajo sucio” a la derecha española - que apretarse y mucho el cinturón, modificar numerosas leyes, trabajar más y cobrar menos, tener menos derechos al final de la vida laboral y alargar ésta lo más posible, subir impuestos y precios en todos los productos básicos, desde la electricidad al gas pasando por el transporte y de rebote en todos los alimentos para así, completado el círculo del estado del bienestar podamos competir con los países emergentes de Asia y Latinoamérica que tienen una fuerza productiva mucho más barata y con muchos menos derechos. Occidente en general, Europa en particular y España de forma directa para todos nosotros está en decadencia, no sabe muy bien qué caminos debe tomar y recurre a lo de siempre y a los de siempre para intentar que esta bicicleta en la que pedaleamos cada día no se pare. Un triste consuelo pero así es, nos parezca bien o mal.
No tenemos una sociedad civil, unas organizaciones de ciudadanos y de consumidores que tengan importancia y puedan hacerse oir, no tenemos unos sindicatos que planteen y defiendan unas reivindicaciones justas y que prediquen con el ejemplo, al igual que deberían hacerlo los partidos políticos, por no hablar de las organizaciones políticas y profesionales. Con la sociedad desvertebrada casi llegamos a la ley de la selva con sordina: es la ley del más fuerte pero sin que se note demasiado.
El Rey se ha hecho oír dentro del papel que le corresponde en ese mensaje de cada año que supervisa el gobierno de turno y que viene a coincidir de forma milimétrica con los planteamientos más oficiales. Así está establecido y así funciona. Nada que objetarle en su papel de integrador y primera voz del país. Si acaso comprobar con preocupación cómo cada año tiene menos audiencia y cómo la que tiene cumple más años. La Monarquía se me antoja hoy por hoy imprescindible para la gobernabilidad y estabilidad de España pero las nuevas generaciones la ven como un elemento más del sistema que les aleja de los puestos de trabajo y apenas les ofrece un futuro estable. Y eso se termina pagando. Es verdad que el Príncipe está mucho más preparado que su padre para reinar, que su formación en estos años ha sido mejor, con más medios y desde el funcionamiento de la democracia y no desde el origen de una dictadura, pero las dificultades que va a encontrar en la actual configuración del estado y los problemas a los que nos enfrentamos como nación en el concierto mundial son tan importantes o más que los que tuvo que afrontar don Juan Carlos en 1975,
En el mensaje de Navidad de esta año ha habido tres detalles muy importantes, que desde la anécdota que supondrían en el contexto global merecen el papel de categoría: el primero, la escenificación: ninguna foto de la familia real, tan sólo una de la selección española de fútbol tras conquistar el Campeonato del Mundo en Sudáfrica; el segundo la referencia al Príncipe, apenas dos palabras para casi agradecerle su apoyo en su papel de Rey, dejando a un lado al resto de la Casa Real y por supuesto sin mencionar la intensa actividad que la Reina y sobre todo los Príncipes de Asturias han desarrollado en los últimos meses, con mayor intensidad tras la operación de pulmón de don Juan Carlos a la que tampoco se refirió el monarca en su alocución a los españoles; y el tercero y más importante y que da título a este artículo pese a recogerlo al final del mismo: la pasión del Rey, la pasión por reinar, el estímulo que le mueve más allá de sus obligaciones y compromisos. Una palabra de seis letras muy precisa, muy personal, muy directa, cargada de significado y pronunciada con énfasis. Y con destinatarios, con varios destinatarios. El Rey ha dicho muy claro que viene cumpliendo con sus obligaciones constitucionales y que piensa seguir haciéndolo. Que hace lo que cree que debe y que además le apasiona su cometido. Que no piensa en abdicar, ni tiene pensado renunciar al trono, que los tiempos de cambio en la jefatura del estado aún no han llegado y que por más presiones directas o indirectas que reciba no va a cambiar su voluntad de permanencia.
Creo que el Rey hace bien, que salvo enfermedad muy grave o pérdida de la razón o la capacidad de discernir los reyes se mueren en el trono. La frase: “el Rey ha muerto, viva el Rey” que tantas veces hemos escuchado en el cine o la televisión refleja una de las peculiaridades de la institución, que no obedece a planteamientos electorales, ni está sujeta a las urnas.
Con su frase don Juan Carlos ha calmado ambiciones y ha roto apresuramientos. También ha cortado de raíz los numerosos rumores de la Villa y Corte, Está en la misma línea que su “prima” Isabel II de Gran Bretaña, con una diferencia importante para los herederos: el príncipe de Gales es 20 años mayor que el príncipe de Asturias.