25/11/2010.- Entre el radical pesimismo del amigo Adolfo Lefort aquí al lado y la desesperanza que transmite el resultado del estudio realizado por la Fundación Santa María sobre la juventud española (en la presentación se dijo que nuestros chicos son mucho más optimistas que la mayoría de sus homólogos europeos; manda narices) la verdad es que a uno le dan ganas de cerrar el quiosco y largarse a Pernambuco. Vaya primera paginita que se gasta este digitoperiódico
Sinceramente, estoy hasta los eurohuevos de escuchar que España no es Irlanda, ni Portugal. O que, naturalmente, Portugal tampoco es Irlanda, como Irlanda no es Grecia, ni Grecia era la Grecia que ha acabado siendo. Harto de que los que aspiran a gobernar mi país (es un decir) se dediquen a remover la mierda, de modo que cada vez se excita más las pituitarias tan sensibles de los mercados, depredadores de haciendas y de almas. Hasta la náusea estoy de que nadie se atreva a reconocer que lo que estamos viviendo es la quiebra del estado; no la del estado del bienestar, no: la del estado mismo, con sus soberanías y sus cosas. Zapatero es, a estas alturas, solo una anécdota y las chorradas publicitarias de los aspirantes en las elecciones catalanas, la medida de lo que dan de sí esas luminarias.
¿Qué tal si empezamos a decir que Irlanda somos todos, o que Grecia somos todos o que, llegado el caso, Portugal y España somos todos? ¿Qué es Europa si no? ¿Cómo puede ser Europa si no? Particularmente no me siento muy diferente de un griego, un portugués o un irlandés (o un alemán o un francés, naturalmente) ya sean de izquierdas, de derechas o mediopensionistas, qué más da. Quiero decir que me siento tan estafado como ellos y no por quienes provocaron esta crisis (las alimañas son alimañas) sino por quienes les consistieron cometiendo un fraude histórico, este sí, sin precedentes: se les puso para que gobernaran, esto es, para que evitaran precisamente lo que ha sucedido; y siguen hablando de ataques especulativos, de desconfianza... como si se refirieran al mismísimo Dios cuyos designios son inexcrutables y fatales, y vagan con cara de bobos por los alfombrados pasillos comprobando atónitos en los dossiers que los atracadores siguen teniendo beneficios indecentes.
Tienen razón Adolfo y los jóvenes españoles. O sea. Lo dicho, a Pernambuco, donde quiera que esté.