17/09/2010.- Me imagino a José Blanco como si fuese Brian de Palma dirigiendo la historia de Cándido Méndez, que hace de Kevin Costner, jefe de Los Intocables, y de Fernández Toxo en plan de Sean Connery.
En aquella película Los Intocables eran incorruptibles y no se arrugaban ante nadie ni tampoco contemporizaban con el poder cuando sospechaban que estaba aliado con los malos.
El argumento era bueno pero su extrapolación es una demasía.
Aquellos no se dejaban comprar con subvenciones, ni guardaban silencio para no molestar, ni negociaban el número de liberados que necesitaban para tener a un grupo de los suyos cobrando sin dar un palo al agua al servicio de la comunidad.
Ser intocable en democracia es un privilegio que no está reservado a nadie porque todos somos iguales ante la ley y en situaciones de crisis nadie debe sentirse exento de colaborar a la salida del conflicto.
El cabreo que tienen los sindicatos porque la Presidenta de la Comunidad de Madrid ha anunciado que va a aplicar la ley y, en consecuencia, va a reducir el número de liberados sindicales de las empresas públicas, que solo en Madrid son 2400, solo refleja la vocación de casta que les impregna hasta los huesos.
Mientras que políticos, funcionarios y dirigentes de empresas públicas se han rebajado el sueldo para dar ejemplo de austeridad y colaborar a repartir las cargas de la crisis, los secretarios generales de los sindicatos mayoritarios no se han dado por aludidos, nadie sabe cuánto cobran, no se han rebajado el sueldo ni un euro y además se rebelan contra la posibilidad de que se ponga orden en la corruptela de los liberados.
Se consideran intocables entre otras razones porque siempre se lo han permitido unos y otros gobiernos. Funcionan como un poder fáctico que chantajea al poder legalmente constituido. Son una antigualla que no han sabido o no les conviene adaptarse a los nuevos tiempos en los que ya empiezan a no representar a nadie más que a ellos mismos.