16/09/2010.- Que los taurinos sean en estos tiempos de natural faltón hacia quienes no lo son, no tiene nada de particular: si ya de por sí lo que defienden ocurre a pesar del dolor del animal (por cierto, ¿hay cosa más tonta e ingenuamente malintencionada que llamar animalistas a quienes se oponen a la lidia?) es lógico que se pongan algo tarascas en cuanto alguien discuta eso que llaman fiesta. A mi modo de ver, el sangriento festejo tiene los días contados; muchos desde luego, pero contados. Y eso lo saben bien quienes conocen ese mundo a fondo; lo ignora, por cierto, olímpicamente eso que algún cursi tal vez llamaría el taurino sociológico, esto es, el que defiende las corridas por alguna pirueta identitaria aunque haya asistido a un par de ellas en toda su vida y hasta le maree la visión de la sangre.
Quien no hace del maltrato cuestión (de ningún tipo) se opone, como es natural, a las demás manifestaciones en las que se inflige daño: no solo a la lídia, también al toro embolao, el enmaromado, al muy edificante espectáculo del Toro de la Vega o a otras manifestaciones de la cultura de este pueblo nuestro. Oponer que también sufren los animales que comemos, es tan patético como argumento que merecería conmiseración…si fuera sincero.
La actualidad nos trae al mencionado Toro de la Vega: en estos días de septiembre se alancea un toro bravo hasta la muerte y en el lance interviene una turbamulta de caballistas. Ocurre en Tordesillas, por lo visto desde 1355, y es una fiesta con todas las bendiciones, es decir, declarada de interés cultural, turístico y no se cuantas cosas más. Pura tradición pues, pata negra de la identidad.
Como era de esperar el Toro de la Vega es, no obstante, muy contestado, a juicio de la alcaldesa de la noble ciudad de Tordesillas, por gentes indocumentadas que deberían informarse mejor sobre este asunto. ¿No se acribilla al toro como vemos año tras año?
Cuando yo era pequeño al final de las fiestas de mi pueblo salía el toro de fuego: era una estructura de madera y cartón piedra con cabeza de morlaco y pies de persona que nos correteaba: de su lomo salían cohetes como incruentas banderillas inversas. Nos lo pasábamos pipa niños y mayores...y hasta nos daba un poco de miedo.