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La jugada maestra de un mirlo blanco llamado Gallardón

jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
Alberto Ruiz Gallardón, por vía interpuesta de su mano derecha, Manuel Cobo, ha logrado ser el fiel de la balanza de la enrevesada maraña política de Caja Madrid y de paso alzarse como adalid de un Rodrigo Rato que ocupará la presidencia de la cuar-ta entidad financiera del país. El alcalde, al que algunas oportunas encuestas (concreta-mente las del medio de cabecera del regidor) señalan como el único líder del PP capaz de destronar a Zapatero, ha doblado la mano a Esperanza Aguirre en la caja del oso, consi-guiendo de paso cercenar su liderazgo en el Partido Popular, con la salvedad de su feudo madrileño. El eterno aspirante a dirigir el PP parece haber medido bien los tiempos, esos que en tantas ocasiones le hicieron saborear la amarga derrota, pero sobre todo ha calibrado con oportuno acierto las necesidades de un Mariano Rajoy al que el “favor” del alcalde puede haber dado la puntilla definitiva a su liderazgo, pese a haber logrado imponer a su candidato en la Caja madrileña- .Manuel Cobo con sus incendiarias y nada casuales declaraciones, ha entregado en ban-deja de plata a su mentor la posibilidad de infringir a Aguirre el golpe más duro que ha sufrido en los largos seis años de enfrenta-mientos que mantiene con el regidor. Eso y también el lograr colocar definitivamente a Rodrigo Rato fuera del imaginario de los populares como posible alternativa de un Rajoy que se desangra presa de sus propias inde-cisiones. El ajuste de cuentas del alcalde le habría sali-do, por tanto, redondo no sólo por cortocircuitar a la lideresa, sino también por situarse en un tú a tú, al sacarle las castañas del fuego, con el propio presi-dente del PP, hacia el que, dicho sea de paso, el alcal-de tiene también alguna que otra cuita que saldar, tras ceder éste a las presiones de Aguirre y dejarle fuera de la lista de las últimas elec-ciones generales. Nadie puede negar que la batalla de Caja Madrid ha supuesto, y de ello habrá constan-cia en los próximos días y meses, un punto de inflexión en el establishment del Partido Popular, lo que no evita que el PP de Madrid vaya a seguir siendo un campo de batalla de ese duelo interminable que mantienen Agui-rre y Gallardón, y del que todavía no se ha escrito el último capítulo. El precio que tendrá que pagar Gallardón por las veleidades de Cobo hacia la presiden-ta no se presume excesivo, aunque Génova tenga que hacer un gesto de cara a la galería y sancionar disciplinariamente al vicealcalde capitalino. Un hombre que, por otra parte, no ha ocultado en los últimos años su hartazgo de la vida política, la que hubiera abandona-do, sin duda, hace tiem-po si no tuviera el freno de su lealtad “patológi-ca” (Cobo, sic) hacia el regidor madrileño. Pecata minuta si se compara con el boque-te de poder abierto a la lideresa, a la que sumió en un titubeante ni quitó ni pongo rey (todos los candidatos la parecían excelente), antes de pro-clamar urbi et orbi su apoyo a Rato como futuro presidente de Caja Madrid. Una deci-sión respaldada por un Ignacio González, que fue, y trabajó para ello, en las últimas semanas la opción más firme del PP madrile-ño para coronarse como el sucesor de Miguel Blesa en un organismo financiero convertido en crisol de todas las ambiciones políticas sin excepción. (En el PSM hay, al parecer, cola y empujones para hacerse con una carguito de consejero, hasta el punto de haberse recibido, según se dice en los mentideros socialistas, setenta y dos peticiones formales para ello, tres de ellas de féminas).El nuevo, o como algunos dirían el ya his-tórico, mirlo blanco del PP, pues la buena estrella de Gallardón es como el Guadiana que aparece y desaparece, ha encontrado una aliada con pedigrí para sus ambiciones, Ana Botella, y es de suponer que también de lo que la concejala lleva aparejado familiar-mente. Tan buena simbiosis tiene la señora de Aznar con su jefe de filas en el Ayun-tamiento madrileño que no dudó en votar a favor de Cobo cuando trece concejales del grupo popular reclamaron la dimisión del vicealcalde. Al regidor le sigue fallando, eso sí, el mollar del partido en Madrid, es decir el apo-yo de los dirigentes locales con quienes no llegó a conectar tan siquiera cuando ejercía de presidente de la Comunidad. Los alcal-des, con la salvedad de seis que luego han quedado reducidos a dos: el de Villanueva de la Cañada, Luis Partida, y el de Garganta de los Montes, Rafael Pastor, han cerrado filas con Aguirre, lo cual tampoco significa ir mucho más allá, pues sí hubiera hipotéti-camente un cambio de liderazgo el que más y el que menos buscaría un acercamiento con quien tomará las riendas de los populares. De momento, Gallardón parece seguir marcando los tiempos de lo que acontece en la Caja madrileña, que puede ya reanudar la renovación de su cúpula, tras retirar el Ayun-tamiento capitalino el recurso presentado hace un mes contra el proceso electoral que se llevaba a cabo en la entidad. El alcalde, que por fin ha salido a campo abierto, algo nada usual en él, va ganando por ahora la partida, pero pensar que su rival no va a intentar salir del cerco con el que la han sitiado, es mucho aventurar.
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