El presidente del Partido Popular y expresidente de la Xunta de Galicia, futuro presidente del Gobierno si los votos le acompañan, y la presidenta de la Comunidad de Madrid ya han asumido que la necesidad de amor político es mutua. Será siempre una relación con fecha de caducidad y con las urnas como su gran Cupido.
Mientras los votos les respalden, Isabel y Alberto intentarán enterrar los viejos celos que terminaron por destruir a Pablo Casado y a su lugarteniente, Teodoro García Egea. La labor de Esteban González Pons como eficaz Celestina está asegurada, tanto en el plano interno del partido como en el exterior, hacia el socialismo que tiene en el discreto, y también gallego, José Blanco, a su mejor embajador.
Dentro de la mejor tradición de los enlaces por poderes, que tanto han aprovechado los detentadores del poder en esta España nuestra, los dos quieren llevar a la derecha al optimismo electoral, que pueda cerrar la sangría que les ha producido Vox. Santiago Abascal será el futuro padrino de una boda gubernamental tan necesaria como las que se han producido en varias comunidades autónomas.
Ni Núñez Feijóo puede cambiar su estilo de hacer política, que lleva a muchos dentro del PP a equipararlo con Mariano Rajoy, ni Díaz Ayuso puede renunciar a su estilo de enfrentarse al socialismo de Pedro Sánchez y sus socios de Gobierno. A ambos esos comportamientos les dieron muy buenos resultados en Galicia y en Madrid. Se complementan de la misma forma que lo hacen los matrimonios pactados, en los que los dos contrayentes se dejan guiar mucho más por las ventajas sociales y económicas de la unión que por el afecto de sus corazones.
Las ofrendas de los testigos que ya les acompañan son generosas y útiles, por lo menos hasta mayo de 2027, fecha en la que las urnas tendrán que revalidar si esos apoyos son duraderos y valiosos de cara a las elecciones generales, que son el fin del camino que han iniciado con distinto ritmo.