La vicepresidenta segunda y heredera de Pablo Iglesias ofreció una plataforma electoral a todos los grupos y formaciones que existen a la izquierda del PSOE. Se trataba de llevar a cabo una CEDA de la izquierda, una Confederación Española de las Izquierdas Autónomas, a imitación de lo que logró José María Gil-Robles durante la II República para la conquista del poder desde la derecha. El fracaso en Galicia, hace dos años y medio, fue el comienzo de un final tan lógico como cruel: la abogada laboralista afiliada a CCOO tuvo que aceptar que sus ambiciones políticas debían emprender otro camino, y la OIT estaba la primera en la lista. El proceso de elección es largo, desde finales de agosto hasta mediados de noviembre, para luego esperar hasta un año más tarde a la toma de posesión. El actual director general, el togolés Gilbert F. Houngbo, quiere seguir otros cinco años. Es el principal rival a batir.
Tendrá que pelear contra el tiempo y contra la imagen de España y la suya propia, tras los sucesivos casos de corrupción, por un lado, y la ruptura del proyecto Sumar, por otro. Se lo pondrán difícil la derecha y sus antiguos compañeros de Podemos. Por encima de la presencia de una española como directora general de la OIT están las venganzas personales. Díaz busca un futuro que ya no tenía en España. Pase lo que pase en las futuras elecciones generales, era imposible que Sumar pudiera mantener la misma representación en un Gobierno de izquierdas y que ella conservara una vicepresidencia. Intenta alejarse de una hoguera que ella misma encendió y que ha consumido los votos que obtuvo hace tres años.
Sumar ya no es el partido de Díaz, pero tampoco es el partido de Más Madrid, ni de Compromís, ni de la Chunta, ni de los Comunes. Cada una de esas organizaciones de la dispersa izquierda está convencida de que su autonomía respecto al proyecto de Sumar puede salvarla del desastre en sus respectivos territorios. A Yolanda le pueden quedar, hasta el año que viene, Ernest Urtasun, Pablo Bustinduy, Sira Rego y Mónica García desde sus puestos en el Consejo de Ministros, pero hasta en Europa lo tendría complicado tras la salida total de Podemos, que colocó a Irene Montero como cabeza de lista en el Parlamento de Estrasburgo.
La creadora de Sumar se estrelló con estrépito en su tierra, lo cual fue más doloroso para ella y para la política que deseaba implantar a la izquierda del PSOE. Su “independencia” dentro del Ejecutivo, con sus viajes al Vaticano para encontrarse con el papa Francisco, su deseo de viajar a Palestina y sus diferencias con sus compañeros del Consejo, desde María Jesús Montero a Luis Planas, primero, y luego con Carlos Cuerpo, no hacen más que aumentar su lejanía con el poder real, por un lado, y con los votantes que, tras el 15-M, confiaron en aquella formación de universitarios que tomó el nombre de Podemos.
La cita con las urnas dentro de doce meses puede ser el final político de ese experimento autonómico dentro de la izquierda, al que la propia Yolanda Díaz le había puesto fecha de caducidad. Algo parecido, a mayor escala, le está ocurriendo al PSOE de Pedro Sánchez, también acentuado por los pésimos resultados conseguidos por el partido en las últimas elecciones autonómicas. El presidente culpa a la falta de liderazgos territoriales dentro del socialismo, lo cual es verdad, pero las posiciones aún más duras que están tomando desde Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha hasta Felipe González a nivel nacional, tras la gravedad del caso Zapatero y el apoyo que se mantiene hacia el expresidente desde el Palacio de La Moncloa, también pueden aplicarse a los representantes de Sumar. Un proceso que puede afectar a todo el conjunto de la izquierda española. Huir siempre es una opción. Queda por ver si Yolanda Díaz lo consigue.