El presidente norteamericano no consigue que haya paz con Irán, ni que Israel deje de bombardear el sur del Líbano, ni que la guerra de Ucrania termine. Tampoco logra que Occidente cierre la puerta a la tecnología china ni que el gigante asiático entre en crisis en su competencia con las grandes compañías tecnológicas norteamericanas. Trump necesita estar en el centro del escenario y que las cámaras de televisión de todo el mundo se centren en sus gestos y en sus palabras. Es un adicto a su imagen desde los tiempos en los que triunfaba en las televisiones de su país como empresario de éxito.
Trump necesita estar enfadado con alguien todo el tiempo, ya sea con los gobiernos de izquierda de la América hispana, con la China de Xi, con los ayatolás iraníes, con Maduro pero no con Delcy, con la Europa que tiene que aprender a defenderse en solitario, aunque con las armas que le venderá su gran socio, o con Meloni por mirarle con admiración. Y siempre con Pedro Sánchez. Es su mejor baza: primero llega el insulto y la amenaza y luego el perdón del padre enfadado hacia el adolescente rebelde que sabe disculparse de la mejor manera posible, aprobando la asignatura.
Los dos presidentes se han marchado de Turquía y no sabemos el coste del acuerdo, qué parte de los seiscientos mil millones de euros en inversión armamentística ante el peligro ruso que va a realizar la Unión Europea nos corresponde a los españoles. El severo profesor norteamericano se mostrará impaciente en cada encuentro —esté o no esté presente su bedel, el secretario general— y el alumno que va aprobando cada examen con el mínimo esfuerzo seguirá haciendo trampas para pasar de curso, al menos hasta los exámenes finales del año que viene.
Rutte, el inefable, sonriente, obediente y taimado neerlandés, mantiene los equilibrios dentro de la OTAN ofreciendo a Donald Trump la mejor de las disposiciones para que los cada vez más indisciplinados alumnos terminen por aceptar las exigencias académicas del gasto militar. Ya sabe que su permanencia al frente del organismo atlántico depende de Washington hasta el final de su mandato y que, con suerte, hasta podrá renovarlo. En su especial relación con España se coloca siempre de perfil, para evitar criticar a Sánchez y mantener contento a Trump. Hay que reconocerle esa habilidad, que muy pocos están capacitados para ejercer.