Los objetivos de la totalidad de la derecha española y de una parte mínima de la izquierda se articulan en tres fases, cada una de ellas centrada en la figura del actual presidente y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, al que le atribuyen todos los males que sufre España, los reales y los inventados.
En la primera fase se busca con ahínco la dimisión del presidente como primer paso para la convocatoria de unas nuevas elecciones generales, ante la aparente imposibilidad de que, desde el Partido Popular, su líder, Alberto Núñez Feijóo, consiga negociar los apoyos de alguno de los partidos nacionalistas para lanzar con éxito una moción de censura.
Si esa primera fase fracasa y Pedro Sánchez consigue sobrevivir al último cuatrimestre de este 2026, pese a las condenas de sus antiguos hombres de confianza y los sumarios en los que están inmersos su mujer, su hermano y, por encima de todos los demás, el del antiguo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, reconvertido en lobista, consejero áulico, creador de conglomerados políticos en Iberoamérica, como el Grupo de Puebla, eficaz negociador con China y máximo apoyo de su actual sucesor al frente del PSOE frente a los ataques externos e internos que recibe; si Sánchez logra esa “hazaña”, se entraría en la segunda de las fases.
Este segundo bloque de objetivos se centraría en evitar que el líder del PSOE fuera el candidato en las futuras elecciones generales. Para ello se buscarían los apoyos internos en el partido para que una “moción de confianza” durante el Congreso del PSOE le derribase del puesto de secretario general y para que fuese la mayoría de los actuales 120 diputados del partido en el Congreso la que le retirara su apoyo. Más difícil, pero no imposible, sería conseguir que se le llamara desde el Tribunal Supremo como “investigado”, lo que facilitaría el mismo objetivo.
La tercera fase es la más dura y la que puede alterar por completo no solo el mapa político de España, también la paz social, el desarrollo económico y el papel de nuestro país en el mundo globalizado e hipertecnológico en el que vivimos. Las primeras minas para esa futura voladura electoral ya se están sembrando de cara a la primavera de 2027, con las denuncias e informaciones sobre las regularizaciones de inmigrantes y la “españolización” de los nietos de aquellos ciudadanos que tuvieron que emigrar por la dictadura. Junto a esa posible alteración del censo electoral, que permitiría a Sánchez y al PSOE mantenerse en el poder, se añaden los 700 nuevos jueces que aparecerán en los tribunales durante los próximos meses y a los que, de entrada, ya se les atribuye un partidismo de izquierdas para que los casos de corrupción terminen de la mejor forma posible para los acusados.
El objetivo final de las tres fases se consigue con las sucesivas tormentas informativas y de opinión que se plasman en los principales medios de comunicación y en las redes sociales. Creada la base social sobre la que operar, estaríamos ante una disyuntiva política en la que se quiere implicar a Felipe VI: si tras las elecciones generales la derecha de Feijóo y Abascal no consigue la mayoría parlamentaria y no puede sumar los escaños de otras formaciones para superar la barrera de los 176 votos en el Congreso, se insistirá en que se ha producido un fraude en las urnas, de forma directa o indirecta a través del censo, y se insistirá ante el Rey para que no proponga a la Cámara Baja la elección de Pedro Sánchez, si finalmente es el actual líder del PSOE quien se presenta a la cabeza de la lista socialista. Una línea roja que nunca se ha pasado desde la Transición, que tiene muy difícil su articulación dentro de la Constitución y que en nada se parece a lo que hizo el rey Juan Carlos en 1996 para que, finalmente, José María Aznar se convirtiera en presidente una vez que la Convergència i Unió de Jordi Pujol le dio sus votos parlamentarios.
Sánchez está en el poder por el antecedente de Rodríguez Zapatero, sin cuya victoria frente a José Bono en el Congreso del PSOE, gracias a los apoyos que recibió por parte de Alfonso Guerra, Matilde Fernández y su grupo para impedir que el entonces presidente de Castilla-La Mancha se convirtiera en secretario general, el presente del socialismo sería completamente distinto. Felipe González rompió el PSOE histórico y se adueñó de un PSOE que debía ser más liberal que socialista. Lo consiguió obligando al hombre que le había ayudado a conseguir la victoria a dejar la vicepresidencia del Gobierno y marcharse. Alfonso Guerra perdió y, con urgencia, todos los que le habían apoyado frente al ala liberal de Miguel Boyer, Carlos Solchaga y compañía se volvieron felipistas hasta la médula. El hoy “disidente” parece olvidar que Sánchez está haciendo lo mismo que él hizo hace cuarenta años y que Zapatero ha intentado imitar lo que hizo después.