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La República en diferido de Puigdemont que no gusta a nadie
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La República en diferido de Puigdemont que no gusta a nadie

Unos miles de independentistas habían ido al Parlament de Cataluña para festejar la declaración de independencia del presidente Puigdemont. Estaban dispuestos a celebrar la llegada de la República y se han encontrado con que la declaración se ha quedado en nada, en un manejo de intenciones que dejan a una larga negociación sin fecha y a la presencia de mediadores el resultado final de lo que pretendieron con el Referendum del 1 de octubre.

Entre los ejemplos de Escocia y de Quebec, el gobierno catalán ha escogido una Tercera vía, la eslovena, aquella que surgió de la ruptura total de la Yugoslavía que había articulado el mariscal Tito a la salida de la II Guerra Mundial y que en nada se parece a la Cataluña que existe en España. Digo lo que quiero hacer pero no lo hago, ni pongo fecha para hacerlo. Se entiende que los militantes y seguidores de la CUP y de la ANC se hayan sentido tan defraudados que sin violencia y sin gritos se hayan disuelto ellos mismos a las puertas del Parlament.

Una declaración que no una proclamación, por separar las dos palabras y su sutíl diferencia a la hora de enjuiciar la crisis catalana, es lo que ha hecho Puigdemont basándose en el Referendum. Ha expresado una intención en el tiempo, no un hecho que no admite marcha atrás. Puigdemont y los suyos han partido por la mitad al independentismo, han separado a la burguesía catalana de la izquierda catalana, ha convertido la ambición de una República en una lucha de clases.

Es una República en diferido, un contrato que se presenta pero no se firma, un deseo que se expresa pero no se plasma en una realidad. Todo lo que ha pasado en Cataluña desde el uno de octubre, con la salida masiva de grandes entidades financieras y empresariales, lo ha enviado el president al baúl de los recuerdos. Da lo mismo que lo haya hecho por prudencia, por miedo, por sentido del estado, por presiones exteriores, está hecho, cuando los más independentistas querían y han estado exigiendo mucho más.

Se esperaba una inmolación y lo que se ha ofrecido a todos los españoles, los de dentro y fuera de Cataluña, a los que se sienten sólo catalanes y a los que se sienten cómodos en ambas realidades, es una fuga. De la tragedia hemos pasado al sainete. Los actores no han estado a la altura de la obra que ellos mismos habían escrito. Si el president de la Generalitat y su gobierno fueran medianamente consecuentes con el compromiso contraido cuando iniciaron este camino hacia la independencia se irían. Dimitirían y ofrecerían al pueblo catalán la auténtica oportunidad de expresarse en las urnas. Veríamos el apoyo real que tienen cada una de las opciones.

Y desde el Gobierno central, si de verdad piensan que Puigdemont ha declarado la independencia aunque haya pedido su suspensión de forma inmediata, lo que deberían hacer es procesar por sedición al president y a sus colaboradores. Veremos si Rajoy acepta con su intervención en el Congreso lo sucedido como un hecho concreto y actua en consecuencia poniendo en marcha los poderes que le otorga la Constitución, o por el contrario deja que sean los jueces los que llevan la iniciativa.