Sede central en la calle Génova con el sol de Madrid a 48 grados centígrados: sale Mariano Rajoy de su antiguo despacho y entra José María Aznar en el mismo antiguo despacho. Un día después lo hace Antonio Hernández Mancha, el presidente al que echaron del sillón por demasiado aperturista y por los celos que despertaba en Manuel Fraga la presencia de Adolfo Suárez en las inmediaciones de aquella Alianza Popular. Los tres representan el anuncio de los nuevos tiempos en el Partido Popular. Pablo Casado es el anfitrión que les debe mucho a los tres, al primero por dotarle de un discurso político desde Faes, alejado de los postulados oficiales del gobierno del segundo; a éste por haberle dotado de una imagen interna y externa desde su cargo de vicesecretario de Comunicación; y al también abogado del Estado y extremeño el haber sido el primero en ganar unas primarias en el centro derecha, algo que nunca le perdonaron los que habías apostado por Herrero de Miñón. Sin ellos y sin el apoyo final de María Dolores Cospedal - siempre hay que buscar a la mujer en toda ficción que se precie - no habría logrado encumbrarse a la presidencia del partido.