Si cogemos las cifras de asistencia a las urnas en los ciento sesenta pueblos en los que sus autoridades quisieron realizar la farsa de un referéndum independentista en Cataluña tendremos que de los 700.000 ciudadanos censados tan sólo un veinte por ciento deci-dió prestarse a ese juego. Una cifra ridícula y que pone de manifiesto justo lo contrario de lo que pretendían sus patrocinadores: en Cataluña pueden querer más autogobierno, pueden querer un nuevo estatuto, pueden querer ser un poco diferentes al resto de España, pero lo que no quieren ser es indepen-dientes. Y eso es así por más que la pregunta de la consulta fuera enrevesada y pareciera que lo que los catalanes iban a decidir era estar dentro de Europa, cuando ya lo están desde hace más de veinte años.Si nos atenemos a la propia campaña llevada por Ezque-rra Republicana, Convergencia i Unió y una pequeña parte del propio PSC-PSOE llegaremos a la conclusión de que todas aquellas fuerzas que reclaman el derecho único y sacrosanto de los catalanes a decidir su futuro, al mar-gen del resto de los españoles, tal vez creyendo que así ganan más votos de cara a las elecciones autonómicas del año próximo, se están equivocando y gravemente, con los socialistas de José Montilla a la cabeza.Si lo que buscaban los convocantes de la seudo consulta popular era mover las aguas, calentar motores, provocar un cierto miedo en el gobierno central, atemorizar a ciertos jueces y avanzar un paso más hacia la hoy por hoy utópica Cataluña libre y solitaria, lo que han recibido de los ciuda-danos ha sido un no rotundo y, por reacción, han perdido muchos puntos ante el resto de las fuerzas políticas, ante el resto de los ciudadanos y ante el propio y decisivo Tri-bunal Constitucional. Sin quererlo han dado nuevas y más contundentes armas a sus adversarios.Sería perjudicial para Cataluña, lo mismo que lo sería para el País Vasco o para Galicia que sus políticos, esa minoría dirigente que muchas veces parece gobernar para ellos mismos y no para el conjunto de la sociedad, ter-minara imponiendo un atajo para sus aspiraciones; que se aprovechara de un debate en sus respecti-vos Parlamentos, de una pretendida representación política para alcanzar unos objetivos que no están ni en el corazón, ni en la mente, ni por supuesto en el bolsillo de los ciudadanos que viven en esas autonomías. Si la actual Europa de los 27 tuviera – como mera hipótesis – que transformarse en otra de 30 por la aparición de mini estados en una parte de su territorio, los problemas que ya soporta se agravarían hasta convertirla en inviable, y en el caso de que pudiera resolverlos, el peso de los grandes: Alemania, Francia, Polonia…acabaría por aplastar y convertir en súbditos a los más pequeños. En el mundo en el que vivimos y vamos a vivir el tamaño si importa, y ahí están China, India y Brasil para demostrarlo. España es hoy un país medio tirando a pequeño si entramos en comparaciones mundiales, si se rompiera en pedazos cada uno de ellos no ten-dría el valor porcentual, lo tendría mucho menor y mirando sólo a Europa. Además no tenemos materias primas dignas de reseñarse, nuestras posibilidades están en la explotación de nuestra capacidad de innovación y desarrollo, en nues-tra capacidad de creación del “conocimiento”, de la transformación, algo que también exige un mínimo para operar con rapidez y competi-tividad en los mercados internacionales.
Las razones a favor de la unidad territorial de la España que tenemos y que es heredera con lo bueno y lo malo de los últimos quinientos años son muchas. Otra cosa es que las normativas constitucionales que nos dimos en el año 1978 y que estuvieron sujetas a la historia de ese momento puedan y deban cambiarse y hasta qué punto y grado. Es verdad que nada es inmutable, pero también es verdad que los pueblos que saben mantener sus ilusiones colectivas y evitan estar en continuo cambio de escenario o en preguntarse por su identidad un día sí y el otro también, llegan más lejos, consiguen más objetivos y son capaces de generar mayores cotas de riqueza y bienestar para el conjunto de los ciudadanos.En estos tiempos los políticos, que no el resto de la socie-dad, se pasa mucho tiempo discutiendo sobre lo obvio y dejando el futuro abierto a las grandes declaraciones de principios, sin adquirir compromisos públicos de obliga-ciones entre ellos mismos a favor de la colectividad. Sin ir más lejos, la nueva reunión de presidentes autonómicos en el Senado no sirve para nada, no se habla de ninguno de los problemas de conjunto de las 17 autonomías, y no siquiera se plantea para qué sirve la “casa” en la que se han reunido, que lleva sesteando desde su fundación o recuperación con la democracia. Otra reunión que se hace y deshace sin que tenga ninguna trascendencia, otra decepción en los titulares de los medios de comunicación, y otro mensaje negativo que se envía a los ciudadanos votantes.
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