Si aceptamos que una persona, que acaba de entrar en la adolescencia, tenga libertad para elegir sobre el género al que pertenece o quiere pertenecer —dentro de la amplia gama que nos han asegurado que existe y que no conocíamos hasta hace apenas unos años—, deberíamos aceptar que con esa misma edad pudiera votar y elegir a sus representantes en los órganos legislativos y ejecutivos. ¿Qué es más importante: el voto o tu propio cuerpo?
Afortunadamente, el feminismo llegó para quedarse y aún queda mucho camino para que la igualdad con los hombres, dominantes durante siglos, sea efectiva. Demasiadas muertes, demasiada esclavitud física y mental, demasiada libertad para imponerse al mal llamado “sexo débil” han tenido los hombres. Pararse a discutir sobre esos elementales y básicos derechos en la sociedad actual es una pérdida de tiempo. Otra cosa muy distinta es entregarse, sin pensar en las consecuencias futuras, personales y sociales, a legislar y promover leyes que van contra el sentido común. A los 14 años nadie está en condiciones de gobernar, dirigir o encauzar para siempre su vida. Se está formando a todos los niveles. Está aprendiendo a vivir.
Se trata, tan solo y nada menos, de una cuestión de “tiempo”, no de libertad o imposición. Física y psíquicamente no estamos preparados para decidir sobre nuestro futuro, por mucho que creamos que ya sabemos todo lo que teníamos que saber. Llevar ese problema, que alcanza a lo más profundo del desarrollo personal y social, que entra de lleno en las características sociológicas y económicas de un mundo que ha evolucionado durante milenios, al plano político por una partidista y mal digerida interpretación de la historia, por una mala “digestión” de lecturas universitarias, por un tremendo error a la hora de colocar prioridades en la irrenunciable lucha por los derechos humanos, tanto por parte de las mujeres como de los hombres, corre el peligro de llevar a la sociedad a su desintegración.
La lista de reivindicaciones sociales que tiene este país nuestro sobre la mesa de la política es amplia y urgente. Centrarse en defender la capacidad de decidir sobre su propio y más íntimo futuro de las personas que tienen 14 años es no solo un grave error, sino una auténtica salvajada política, que se justifica tan solo por la falta de formación y de sentido que demuestran sus defensores. La libertad para ser no es lo mismo que la imposición para ser. Cuando se está saliendo de la infancia para entrar en una etapa tan crucial como la adolescencia, colocar al ser humano ante la responsabilidad de elegir para sus siguientes sesenta, setenta u ochenta años demuestra un desconocimiento elemental de toda la ciencia y de los conocimientos acumulados durante miles de años.
El camino de la libertad, ese camino largo y difícil de la libertad, tan lleno de avances y retrocesos, no es el que la exministra Montero y todos, todas y todes los que apoyan su iniciativa han emprendido. Puede que sea su lucha personal, a falta de otras de mayor envergadura e importancia para toda la sociedad, la que la mueva al empecinamiento, pero ningún favor le está haciendo a todos aquellos que se sienten diferentes de lo que, hasta ahora, las normas y costumbres sociales les han impuesto. Existen dictaduras que se ocultan tras las aparentes luchas contra otras dictaduras.