Recuerdo a un hoy casi desconocido Ford Madox Ford, y a la gran madrastra de las vanguardias de ese comienzo del siglo XX, que cual moderna madame Pompadour descubriría en la divertida y periodística " Paris era una fiesta". En ella aparece en su dorado y voluntario exilio de la "Ciudad de la Luz", donde llegó acompañada de su hermano Leo y donde encontraría a la que desde el principio y hasta su muerte sería su amiga, su amante, su confidente y su secretaria, Alice B. Tocklas, a la que emplearía para escribir su propia autobiografía como un gesto de amor y reconocimiento, la norteamericana Gertrude Stein.
Ella ( una rosa es una rosa es una rosa ) bautizó a la mejor generación de novelistas de Estados Unidos, mientras uno de sus "protegidos", Pablo Picasso, la retrataba en uno de los cuadros que presagiaba la llegada del cubismo. Les llamó " la generación perdida" , que es lo mismo que ya están llamando a millones de jóvenes españoles desde los despachos del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, y todos los organismos y gabinetes de estudio que trabajan con y para el sistema financiero. Esa generación que con 30 años se enfrenta a lo mismo que ya hacen en Japón o en Italia, Grecia y Portugal, esos países que componen el " pelotón de los torpes" de la Union Europea que no saldrá del agujero hasta el año 2020.
La escritora, poeta, coleccionista y mecenas que convirtió su salón de la rue de Fleurus en punto de cita obligado para todos aquellos que deseaban ser alguien en el mundo del arte y la literatura, colocaba ese nombre sobre la vida y obra de apenas diez creadores que con su talento estaban reflejando en el primer tercio del siglo XX la dureza y la tragedia de una sociedad abocada a la primera gran crisis mundial, como fue la Gran Depresión de 1929, y a las dos grandes guerras que le sirvieron de escolta, ejemplo de las miserias, anhelos, avaricias y desigualdades de millones de personas que, como en las grandes migraciones de animales de Africa, caminan hacia el precipicio detrás de unos líderes que avanzan guiados por una costumbre ancestral que les impide modificar su conducta.
Stein conocía y trataba personalmente a casi todos ellos, desde John dos Passos a Francis Scott Fitgerald pasando por su preferido, Ernesto Hemingway. Hoy, los que hablan de nuestra " generación perdida " no conocen a los grandes perdedores de la crisis financiera y política que nos aplasta , esos millones de ciudadanos que tendrán que esperar a que surjan esos narradores de palabras o imágenes para que les coloquen rostros y padecimientos, al igual que hizo John Steinbeck con la familia de Tom Joad en " Las Uvas de la ira ", símbolo tal vez de esas otras familias que viven la suma del desahucio a la del paro y la necesidad de emigrar o volver a sus países de origen en busca de la simple supervivencia; o Williams Faulkner a través de los tres hermanos Compson, reflejos de una parte de los ejecutivos ambiciosos, mediocres y parásitos, beneficiarios y esclavos de su propio apellido que les abre las puertas del poder y sus tentáculos, y su sirvienta negra en " El ruido y la furia ", un ruido y una furia social a la que se pretende perseguir y arrinconar bajo el pretexto alentado de una minoría violenta titulada groseramente en los medios de comunicación como "antisistemas" ; para terminar con Fitgerald y su inolvidable y varias veces cinematográfico Jay Gatsby, el personaje de ficción que podría ser el anhelado modelo tanto de Iñaqui Urdangarin como de Jaime Marichalar, y de tantos otros aspirantes a escalar la pirámide social e integrarse en la élite a base de acumular riqueza y hacer ostentación de la misma.
Nuestra "generación perdida" ha encontrado su voz en las nuevas redes sociales, de ahí la necesidad que tiene el poder en su rostro mundial de controlarlas para encauzar ese sentimiento de protesta, frustración y deseos de un nuevo orden más justo y solidario; queriendo que los conceptos como seguridad y miedo sustituyan a los de libertad y solidaridad. Convirtiendo la violencia de los estados, esa renuncia que hacemos los ciudadanos a ejercerla a cambio de la convivencia y la justicia, en un arma de control de un poder cada vez menos democrático en lo real y más alejado de la voluntad de los llamados y usados electores.