Los historiadores tienen que remontarse a la II República y a las crisis entre Prieto y Largo Caballero para encontrar algo parecido.
Con la salvedad que en aquellos años la crisis era fundamentalmente ideológica, no de reparto de poder en la sociedad.
Ahora se suman las dos: los socialistas no tienen claro el programa que pueden ofrecer a los ciudadanos, no tienen claro el camino que deben defender dentro de la socialdemocracia para salir de la crisis, y no tienen claro su propio futuro.
El PSOE que conocemos, el que construyeron Felipe González y Alfonso Guerra desde el famoso Congreso de Suresnnes y que unificó en el arranque de la Transición democrática a todos los partidos socialistas que existían en España, ese PSOE ya no existe. Ni por estructura, ni por ideología. Las tendencias “separatistas” se han agudizado de nuevo, empezando por Cataluña y los deseos de independencia del PSC, y habrá que esperar al resultado de las elecciones generales para ver qué pasa en el País Vasco y en Galicia, por no aventurarnos en la imprescindible Andalucía o en las “rebeldes” Madrid y Valencia.
Los riesgos de ruptura interna son evidentes y la federalización con muchas mayores cuotas de independencia para cada una de las regiones aún más. Los liderazgos han cambiado y el proceso de cambio es imparable por más que muchos de los actuales dirigentes se aferren al escaso poder que detentan a nivel social.
Pensemos que, de los partidos que arrancaron en libertad en 1977, sólo quedan el PSOE y el PNV, el resto han cambiado, se han fusionado, se han aliado, pero no son los mismos, ni en la derecha, ni en la izquierda, ni a nivel nacional, ni a nivel autonómico. Puede que al PSOE le vaya a ocurrir lo mismo.
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