Hoy, 3 de noviembre de 2026, el mundo y, sobre todo, los líderes de los grandes países estarán pendientes de los resultados electorales en Estados Unidos. Si los demócratas logran romper las mayorías republicanas en el Congreso y en el Senado, el poder casi sin límites de Donald Trump se acabará y tendrá que pactar y hasta modificar muchas de sus iniciativas, tanto en política interior como exterior. De esos resultados dependen las guerras de Ucrania, Palestina e Irán; los acuerdos con China y con la Unión Europea, y las posiciones del Imperio respecto a América Latina y el Sudeste Asiático. El futuro inmediato del orden mundial está en manos de los ciudadanos de varios estados clave de Estados Unidos, que votarán mirando su bolsillo y las consecuencias de la política migratoria de su presidente.
Aquí, en España, nuestros dirigentes están metidos de lleno en un debate interminable que durará hasta el 29 de este mes, con más ataques al ministro Óscar Puente y, por elevación, al presidente del Gobierno. La tragedia de Urda ha enterrado el resto de las preocupaciones económicas y sociales, que tienen un gran calendario mundial en el que nuestro país apenas cuenta.
A nuestros representantes políticos les falla la memoria con enorme facilidad. Se mueven en sentido contrario al de la historia común del mundo al que pertenecemos. Y al futuro Gobierno la ola global le va a obligar a cambiar todas las promesas que haga en estas semanas y todos los presupuestos que haya preparado para convencer a los votantes. Prometer un cambio total en todo es tan irreal como pensar que basta con controlar algunas de las decisiones en política exterior de Trump para que el régimen iraní de los ayatolás desaparezca; que Netanyahu e Israel vayan a modificar sus deseos sobre Gaza y Cisjordania o que Vladímir Putin y Volodímir Zelenski vayan a ponerse de acuerdo. Por desgracia para quienes sufren las guerras cada día, el futuro cambiará a cuentagotas.