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Sánchez, Broncano y la política cuando el público baja la guardia
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Sánchez, Broncano y la política cuando el público baja la guardia

viernes 23 de octubre de 2026, 11:22h
Pedro Sánchez consiguió en La Revuelta algo que los partidos llevan años persiguiendo: una audiencia masiva y especialmente joven escuchando política sin haber acudido a un espacio político. El experimento plantea una pregunta interesante en plena campaña: ¿puede una conversación con un humorista resultar electoralmente más eficaz que otro debate entre candidatos?

Pedro Sánchez sabía perfectamente dónde se metía cuando este jueves se sentó frente a David Broncano. La Revuelta no es una entrevista política disfrazada de entretenimiento, sino un programa en el que un candidato a la Presidencia puede pasar de hablar de vivienda o inmigración a responder por su patrimonio, su vida sexual o cualquier ocurrencia surgida desde el patio de butacas. Durante 103 minutos, un presidente del Gobierno aceptó voluntariamente perder una parte del control que los equipos electorales intentan garantizar hasta en el último plano de una campaña.

La apuesta tuvo premio. El programa alcanzó un 33,9% de cuota de pantalla y 4.387.000 espectadores de media, mientras 7.129.000 personas conectaron al menos durante un minuto con la emisión. Son cifras comparables a algunos de los grandes debates electorales recientes y extraordinarias para la televisión actual. Pero existe otro dato todavía más interesante: la audiencia se disparó por encima del 50% entre los jóvenes, precisamente el público que los partidos llevan varias elecciones intentando encontrar fuera de los medios tradicionales.

El debate donde todos llevamos bufanda

Comparar únicamente las cifras de La Revuelta con las de un debate electoral puede resultar engañoso porque la actitud del espectador es completamente diferente. El cara a cara entre Sánchez y Feijóo de 2023 reunió alrededor de 5,9 millones de espectadores y el posterior debate entre Sánchez, Yolanda Díaz y Santiago Abascal superó los cuatro millones. Grandes audiencias, sin duda, pero convocadas expresamente para contemplar un combate político.

A estas alturas, buena parte de nosotros ve un debate electoral como quien acude a un partido de fútbol. Llegamos con la bufanda puesta. El socialista espera que Sánchez marque el gol de la noche; el popular quiere ver a Feijóo arrinconando a su adversario; el votante de Vox aguarda la intervención de Abascal. Cuando habla el nuestro buscamos el acierto y cuando interviene el contrario esperamos encontrar la mentira, el error o la contradicción. Al día siguiente acudimos además al periódico, tertuliano o red social de nuestra grada para confirmar que, efectivamente, habíamos ganado.

Eso reduce enormemente el espacio para la persuasión. El debate sirve para movilizar, consolidar y entusiasmar a quienes ya tienen una posición, pero resulta mucho más difícil convencer a alguien que escucha cada argumento buscando inmediatamente cómo rebatirlo.

En un debate electoral no siempre escuchamos para saber qué piensa el otro. Demasiadas veces escuchamos para comprobar si el nuestro le ha ganado.

Con Broncano se introduce una variable completamente distinta: una parte considerable de quienes estaban delante del televisor no había ido allí a ver a Pedro Sánchez: había ido a ver La Revuelta. Y encontrarse con un político cuando no se ha acudido expresamente a escuchar política modifica por completo la manera recibe su mensaje.

Los jóvenes ya habían sido descubiertos por los políticos

Los partidos llevan años acudiendo a YouTube, Twitch y pódcasts para intentar acercarse a las nuevas generaciones. Sánchez pasó por La Pija y la Quinqui en 2023 y otros dirigentes han recorrido espacios similares. Por tanto,  La Revuelta no  es un descubrimiento repentino de que los jóvenes existen fuera de los informativos.

La diferencia está en la transversalidad. Un pódcast específicamente juvenil permite llegar directamente a ese segmento, pero también lo encierra dentro de él. La Revuelta tiene una fortísima penetración entre los jóvenes sin ser exclusivamente un producto para jóvenes. Frente al televisor puede estar alguien de veinte años junto a sus padres de cincuenta o sesenta y un espectador de setenta que simplemente tiene puesta La 1. El candidato deja de visitar un nicho electoral para entrar en un espacio compartido por generaciones distintas.

Quizá la política haya confundido durante demasiado tiempo rejuvenecer su comunicación con fragmentarla. Si quiero jóvenes, voy al pódcast juvenil; si quiero empresarios, al foro económico; si busco pensionistas, al magazine matinal. Broncano rompe esa lógica porque coloca a todos delante del mismo invitado y bajo las mismas reglas del entretenimiento.

Política cuando el espectador baja la guardia

El formato produce además una diferencia comunicativa fundamental. En una entrevista convencional sabemos perfectamente cuándo llega el argumentario. El político comienza a hablar de vivienda, impuestos o inmigración y el espectador activa inmediatamente sus filtros ideológicos. En La Revuelta, esos mismos asuntos aparecen entre una broma, una interrupción de Grison, una reacción del público o una pregunta sobre sexo y dinero.

No significa que nadie deje de tener ideología ni que una carcajada transforme mágicamente el voto.Es algo más elemental: el mensaje llega en un momento en el que el espectador no está esperando recibir un mensaje electoral. La atención sustituye durante unos minutos a la confrontación y permite al candidato introducir ideas sin que cada frase sea recibida inmediatamente como una pieza del combate partidista.

Para Sánchez había además un beneficio específico. Durante los últimos años, la confrontación política ha construido alrededor de su figura un personaje extraordinariamente rígido: frío, calculador, ambicioso, mentiroso para sus adversarios; resistente, inteligente y estratega para sus partidarios. Dos caricaturas opuestas que comparten algo: ambas terminan sustituyendo a la persona.

Un escenario imprevisible dificulta mantener durante casi dos horas cualquier personaje perfectamente construido. Reírse, dudar, recibir una crítica, improvisar una respuesta, acertar con una broma o quedarse momentáneamente sin ella devuelve inevitablemente dimensiones humanas a quien normalmente contemplamos detrás de un atril.

La victoria de Sánchez en La Revuelta quizá no consistió en parecer mejor presidente, sino simplemente en volver a parecer una persona.

Eso no convierte a un adversario en votante. Pero después de años de una política basada también en la deshumanización del contrario, conseguir que millones de personas contemplen durante hora y media al ser humano situado detrás del personaje tiene un valor electoral difícil de medir y todavía más difícil de conseguir en un mitin.

Ahora queremos ver a los demás

Precisamente por eso sería interesante que el experimento continuara con Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Ada Colau. No para organizar un concurso sobre quién resulta más simpático, sino para someter a todos a una prueba que las campañas intentan evitar: perder el control sobre la siguiente pregunta y comprobar cómo reaccionan cuando desaparece parte del guion.

Feijóo dejó durante la campaña de 2023 un episodio que permite imaginar las posibilidades del formato. Silvia Intxaurrondo le corrigió en TVE después de que afirmara que el PP siempre había actualizado las pensiones conforme al IPC. Feijóo sostuvo inicialmente que la equivocada era la periodista y pidió una rectificación; posteriormente reconoció una «inexactitud» y terminó admitiendo que ella tenía razón. Todos los políticos se equivocan y utilizar aquello ahora como reproche tendría poco interés. Lo revelador no fue el error, sino la reacción ante el error.

Ahí aparece la pequeña crueldad democrática del sofá de Broncano. Una cosa es confundirse con una cifra teniendo delante los papeles, el argumentario y una periodista; otra es no saber si dentro de treinta segundos te preguntarán por las pensiones, por tu patrimonio, por tu vida sexual o por una ocurrencia lanzada desde el público. No existe carpeta suficientemente gruesa para preparar todo eso.

Y está precisamente el público, una variable que añade interés al experimento. Una respuesta que provoca silencio, una evasiva recibida con murmullos o una ocurrencia que consigue una carcajada constituyen una reacción inmediata que ningún equipo de comunicación puede editar. Quizá descubramos que Feijóo es extraordinariamente divertido, que Abascal se maneja mucho mejor de lo esperado en ese terreno o que Colau, acostumbrada a otros registros públicos, encuentra mayores dificultades. No saber qué ocurrirá es precisamente lo que convierte el formato en interesante.

El verdadero éxito de los 4,4 millones

Sánchez no consiguió cuatro millones de votos el jueves ni La Revuelta va a sustituir a los debates, las entrevistas o los programas electorales. Confundir audiencia con apoyo político sería tan absurdo como creer que todos los espectadores de un partido de fútbol son aficionados del mismo equipo.

Lo que consiguió fue algo anterior al voto y cada vez más difícil para cualquier candidato: atención. Durante 103 minutos estuvo delante de millones de personas de distintas edades, muchas de las cuales probablemente jamás dedicarían ese mismo tiempo a una entrevista política convencional. Algunas terminarían pensando mejor de él, otras peor y muchas exactamente igual. Pero todas tuvieron la oportunidad de observarlo fuera del escenario donde la política lleva décadas representándose a sí misma.

Ese puede ser el verdadero descubrimiento electoral de la noche. Los partidos llevan años buscando nuevos lugares donde colocar sus mensajes cuando quizá el problema estaba también en la forma de presentarlos. No siempre hace falta inventar un nuevo discurso para llegar a quienes se han alejado de la política. A veces basta con entrar en el lugar donde ya están, aceptar sus reglas y conseguir que quieran seguir escuchando.

Y quizá ahí radique la diferencia entre los millones que ven un debate y los millones que vieron a Sánchez con Broncano: los primeros llegaron preparados para decidir quién ganaba; muchos de los segundos simplemente llegaron para pasar un buen rato.

Y, por una noche, dejaron la bufanda en casa.

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