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Juan Carlos I escoge al revolucionario Saint- Simón para defender de nuevo su memoria como Rey plasmada en su libro de “ Reconciliación”
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Juan Carlos I escoge al revolucionario Saint- Simón para defender de nuevo su memoria como Rey plasmada en su libro de “ Reconciliación”

martes 22 de septiembre de 2026, 16:07h

El premio recibido en Francia por Reconciliación ofrece al Rey emérito un escenario cargado de simbolismo para reivindicar su versión de casi cuatro décadas de reinado y tratar de evitar que los últimos años de su biografía terminen explicando por sí solos toda su trayectoria.

Pocas casualidades pueden resultar tan oportunas para Juan Carlos I como recibir un premio que lleva el nombre del duque de Saint-Simon precisamente por un libro en el que intenta dejar escrita su versión de la Historia. El escenario tampoco podía resultar más apropiado. Fue en La Ferté-Vidame, el lugar al que se retiró Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, después de abandonar la corte francesa y donde escribió buena parte de unas memorias destinadas a convertirse en uno de los grandes testimonios sobre el poder, las intrigas y los personajes que rodearon a Luis XIV y a la Regencia. Tres siglos después, otro hombre que durante décadas habitó en el centro del poder ha encontrado en aquel aristócrata francés una inesperada referencia para explicar por qué también él decidió escribir cuando ya estaba lejos del palacio.

Juan Carlos I hizo explícita la comparación al recoger el pasado 20 de septiembre el Premio Saint-Simon concedido a Reconciliación. Recordó que el memorialista francés no había escrito desde Versalles, sino después de alejarse de la Corte, y explicó que él mismo necesitó algo parecido cuando dejó la Zarzuela y trasladó su residencia a Emiratos Árabes Unidos. «Necesité la distancia y la tranquilidad que me ofrecía esta nueva tierra de acogida para volver sobre mi destino», afirmó. Presentó además sus memorias como su «último legado» y como el intento de dejar escrita su «parte de verdad».

No deja de resultar significativo que sea precisamente Saint-Simon quien proporcione ahora a Juan Carlos I el marco intelectual y casi emocional con el que justificar su decisión de escribir. Porque unas memorias nunca son únicamente una recopilación de recuerdos. Cuando quien las escribe ha sido jefe del Estado durante casi cuatro décadas, ha protagonizado acontecimientos decisivos de la historia reciente y ha terminado viviendo fuera de su país después de una sucesión de controversias que transformaron profundamente su imagen pública, escribir unas memorias significa también intervenir en la batalla por el recuerdo.

Ahí se encuentra probablemente una de las cuestiones más interesantes de Reconciliación. Juan Carlos I no escribe solamente para quienes vivieron su reinado, sino también para quienes algún día intentarán reconstruirlo. Quiere incorporar su voz a los archivos, testimonios, investigaciones periodísticas, documentos oficiales y estudios históricos con los que dentro de varias décadas se analizará una etapa de España que comenzó en 1975 y terminó, institucionalmente para él, con su abdicación en 2014.

Es precisamente esa ruptura entre las distintas etapas de su imagen pública la que explica buena parte de la necesidad de Juan Carlos I de escribir. No parece resignado a que los acontecimientos de los últimos años se conviertan en la lente a través de la cual se observe retrospectivamente todo su reinado. Pero tampoco unas memorias pueden borrar esos episodios ni sustituir el trabajo de los historiadores. Su valor reside en otro sitio: añaden el testimonio del protagonista a una historia que inevitablemente tendrá muchas versiones.

El duque francés tampoco escribió la Historia definitiva de Versalles. Escribió la Corte que él había visto, las personas que había conocido, las rivalidades que había sufrido y el mundo aristocrático cuya desaparición contemplaba con preocupación. Sus Memorias son hoy una fuente extraordinaria precisamente porque permiten escuchar una voz procedente del interior del sistema, pero nadie confundiría aquella voz con la totalidad de lo ocurrido.

Tal vez Juan Carlos I sea perfectamente consciente de ello y de ahí nazca la urgencia que atraviesa su discurso. Ya no puede modificar lo ocurrido ni recuperar la posición que tuvo, pero todavía puede tratar de influir en los materiales con los que el futuro reconstruirá su figura. De alguna manera, Reconciliación constituye su alegato ante ese tribunal impreciso al que llamamos posteridad.

Existe además una cierta paradoja en que durante buena parte de su reinado Juan Carlos I disfrutara de una enorme capacidad para no tener que explicarse. La monarquía española de aquellos años funcionó apoyada, entre otras cosas, en una considerable reserva sobre la vida del jefe del Estado y en una relación con los medios de comunicación muy diferente de la actual. Ahora, cuando ya carece de poder institucional, necesita hacer aquello que durante décadas apenas necesitó: dar explicaciones, construir argumentos, recuperar episodios y ofrecer su propia interpretación de los hechos.

Por eso el Premio Saint-Simon adquiere un significado que va bastante más allá del reconocimiento literario. En aquel aristócrata francés, Juan Carlos I ha encontrado una referencia con la que explicar su propia condición de memorialista: dos hombres separados por tres siglos, vinculados durante buena parte de sus vidas al centro del poder y obligados después a contemplarlo desde la distancia. El propio Rey emérito quiso subrayar ese paralelismo en La Ferté-Vidame al explicar que fue precisamente el alejamiento del palacio lo que le permitió mirar hacia atrás y escribir.

Naturalmente, existe una diferencia fundamental. Saint-Simon observaba una Corte de la que había formado parte; Juan Carlos I escribe sobre un sistema político en cuya configuración institucional desempeñó un papel protagonista y sobre un reinado que forma parte de la memoria todavía viva de millones de españoles. Por eso la discusión alrededor de su figura seguirá siendo inevitablemente más política, más emocional y más controvertida.

El premio recibido en La Ferté-Vidame adquiere así un sentido mucho más profundo que el puramente literario. Juan Carlos I ya no puede decidir cómo será interpretado su reinado ni cuál será finalmente el juicio histórico sobre su figura. Pero con Reconciliación ha decidido que tampoco quiere permanecer en silencio mientras otros escriben su historia.

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