Conviene aclarar el término antes de continuar. La agonofilia, en su significado literal, pertenece a un terreno completamente distinto y se relaciona con la excitación asociada al conflicto. Aquí se utiliza únicamente como metáfora política, aprovechando la raíz griega agón, combate o disputa. Lo que interesa es precisamente esa atracción por el conflicto permanente, por el dirigente que parece necesitar adversarios para reafirmarse y por quienes terminan participando emocionalmente de esa dinámica.
Pedro Sánchez es probablemente el dirigente español contemporáneo que mejor ha entendido esta lógica. Desde su regreso a la secretaría general del PSOE después de haber sido defenestrado por su propio partido hasta su llegada a La Moncloa, las mociones, las elecciones repetidas, los pactos parlamentarios imposibles, la pandemia, la amnistía, los casos que han golpeado a su entorno político y las sucesivas crisis institucionales, su trayectoria se ha construido alrededor de una palabra: resistencia.
El propio presidente mantiene en 2026 esa narrativa. A finales de julio volvió a defender que su Gobierno funciona, que España se encuentra mejor que en 2018 y que su intención continúa siendo completar la legislatura. El escenario político, sin embargo, sigue caracterizado por una elevada confrontación entre Gobierno y oposición y, este mismo agosto, por nuevos choques institucionales entre el Ejecutivo y el Senado.
Sánchez necesita adversarios
El conflicto no constituye necesariamente una anomalía democrática. La política consiste precisamente en confrontar proyectos, intereses y modelos de sociedad. Existe incluso toda una tradición de pensamiento que considera el antagonismo una parte inevitable de las democracias pluralistas. El problema aparece cuando el conflicto deja de ser un instrumento para convertirse en el producto político principal.
Sánchez ha demostrado una habilidad especial para transformar situaciones potencialmente destructivas en enfrentamientos donde él mismo ocupa el papel protagonista. Sus adversarios rara vez son únicamente adversarios parlamentarios. Según el momento pueden ser la derecha, la ultraderecha, determinados jueces, algunos empresarios, ciertos medios de comunicación, poderes económicos o instituciones supuestamente empeñadas en impedir que gobierne. Ese mecanismo produce una consecuencia extraordinariamente eficaz: obliga a escoger bando.
Ya no se discute únicamente si una determinada política económica funciona, si una ley está bien diseñada o si un ministro debería asumir responsabilidades. La discusión acaba trasladándose a un terreno emocional mucho más sencillo: estar con Sánchez o estar contra Sánchez.
Basta con que compartan una determinada interpretación de la realidad: cualquier derrota de Sánchez anticipa una ofensiva reaccionaria y cualquier victoria del presidente constituye, por tanto, una victoria frente a quienes desean derribarlo. El periodista deja entonces de observar el combate desde la grada y comienza, casi sin advertirlo, a disputarlo.
Todos los gobiernos intentan seducir periodistas. Todos. También los del Partido Popular, los gobiernos autonómicos, los ayuntamientos y cualquier institución que disponga de capacidad para repartir información, entrevistas, publicidad institucional o acceso privilegiado. Entonces cada error demuestra incompetencia, cada investigación confirma una sospecha y cada contradicción revela una mentira.
Esta doble vara de medir no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Existe en ambos espacios políticos y mediáticos. Pero precisamente por eso resulta necesario señalarla allí donde aparece. Porque el periodismo pierde su función cuando empieza a comportarse como una extensión afectiva de la política.
Una industria de la indignación
Existe además una poderosa razón económica para alimentar este modelo. Internet premia el conflicto. Un titular equilibrado obtiene menos clics que uno indignado. Una explicación compleja circula peor que una acusación contundente. Los algoritmos de las redes sociales recompensan aquello que provoca emociones rápidas, y pocas emociones generan tanta interacción como la ira política.
Cuando el medio descubre que sus lectores esperan una determinada interpretación de los acontecimientos empieza a producir exactamente esa interpretación. El público ya no compra información. Compra confirmación. Pedro Sánchez es un personaje extraordinariamente adecuado para ese ecosistema porque genera adhesiones y rechazos igualmente intensos.
Una investigación judicial deja de analizarse únicamente por su contenido y empieza a discutirse por las supuestas intenciones de quienes investigan. Una derrota parlamentaria puede presentarse como bloqueo de la oposición. Una rectificación política se convierte en demostración de capacidad negociadora.
Ambos extremos terminan alimentándose mutuamente. Sánchez necesita a sus críticos más furibundos porque refuerzan su relato de resistencia. Y sus defensores necesitan a esos críticos porque justifican su propia defensa. Es una relación perfectamente simbiótica.
Podría parecer una discusión reservada a periodistas y políticos, pero sus consecuencias alcanzan directamente al ciudadano. Una democracia necesita medios capaces de exigir responsabilidades al poder incluso cuando ese poder representa ideas cercanas a las de su propia redacción.
España atraviesa además un periodo en el que la polarización política ha terminado penetrando prácticamente todos los espacios de conversación pública. Las discusiones sobre economía, inmigración, justicia, vivienda, política exterior o instituciones acaban frecuentemente convertidas en un plebiscito sobre Sánchez.
Por eso resulta tan peligrosa esa agonofilia política: la fascinación por el dirigente que vive instalado en el conflicto termina convirtiendo al periodista en un personaje secundario del mismo combate.