¿Qué está sucediendo?, me pregunté.
Admito que no soy un fervoroso partidario de la verdad dogmática del llamado cambio climático, pero no hay duda de que algo sucede y de que ese algo merece una explicación mínimamente coherente.
Es un tipo de calor diferente al que he sentido durante tantos años. Es como más pegajoso, con un cierto componente artificial, como si algo complementara o se sumara al calor solar, provocando una sensación corporal distinta.
Todo ser humano produce calor debido a la función de su metabolismo, así que me puse a investigar. Digamos que cada persona normal, entre el reposo y el movimiento, genera unos 200 W de calor de media.
En 1975, la población flotante de Mallorca era de unas 100.000 personas. Ahora la cifra alcanza un máximo de 800.000, que, sumadas a los residentes en la isla —que también han aumentado considerablemente—, hacen que hayamos pasado de unas 600.000 personas presentes en Mallorca durante los meses de julio y agosto de 1975 a, como mínimo, dos millones en la actualidad.
Y eso sin contar el horror de esos cruceros monstruosos de los que desciende un enjambre de personas provistas de sus correspondientes botellas de agua y que, a lo sumo, consumen algún que otro helado, pero que indefectiblemente contribuyen, con sus propios cuerpos, a aumentar el calor de la ciudad. Y también a generar dificultades adicionales de movilidad y circulación por las calles del fantástico centro de la capital mallorquina.
En términos de calor, esos dos millones de personas generarían un mínimo de 400 megavatios, una cantidad inexistente en 1975.
El segundo elemento que debemos considerar es el parque de vehículos, porque constituye un enorme generador de calor.
En 1975 circulaban, en un día normal de verano, un máximo de entre 70.000 y 100.000 vehículos. En la actualidad, al menos 600.000 vehículos circulan simultáneamente por la isla, posiblemente más.
El número de personas se ha multiplicado aproximadamente por cuatro y el de vehículos, por seis. En términos de calor, estos últimos generarían unos 20.000 MW.
Y aunque no disponemos de un censo total de aparatos de aire acondicionado instalados en la isla, la IA nos proporciona una estimación de al menos 1.500.000 aparatos, que generarían un calor aproximado de 6.000 MW.
Por tanto, si sumamos el calor generado por el aumento del número de personas, el incremento del parque de vehículos y la utilización masiva de aparatos de aire acondicionado, nos encontramos con una cifra nada despreciable.
Los aires acondicionados producen un calor entre 10 y 15 veces superior al generado por las personas, aunque muy inferior al producido por el parque motorizado.
¿Tenemos con estos datos una explicación completa?
Científicamente, no.
Porque, además, estas tres no son las únicas fuentes generadoras de calor, dejando aparte, por supuesto, la radiación solar.
Los partidarios del cambio climático como dogma argumentarán que todas estas consideraciones son irrelevantes cuando se trata del calor provocado por el sol. Y quizá tengan algo de razón, pero eso no elimina la utilidad de estas reflexiones.
Porque, con estos datos, creo que tenemos un espacio mental para reflexionar sobre lo que estamos haciendo con la isla de Mallorca y hacia dónde nos conduce este camino.
Si las temperaturas siguen subiendo, o simplemente se mantienen, acompañadas de esta mezcla de calor humano, motorizado y generado por los sistemas de aire acondicionado, es posible que algunas personas lleguen a plantearse que Mallorca ya no es el lugar adecuado para pasar el verano.
No me extrañaría que sucediera.
Y tampoco me sorprendería que muchos dijeran que ojalá suceda.