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Cien días de soledad

jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
El coronel Rajoy y España viven su particular Macondo bajo la presión constante y sin piedad de la Europa de Merkel y los nacionalismos, y los conflictos sociales en la calle.
Si España fuera Macondo, Mariano Rajoy sería el coronel Aureliano Buendía, el hijo que de callado y retraído en su juventud pasaría a convertirse en un líder aguerrido y hasta violento, aclamado por los suyos.

Hoy, tras cien días de gobierno del Partido Popular, España tiene mucho de Macondo, un sueño de crecimiento y felicidad en medio de la selva económica y financiera que es Europa, que no ha necesitado de cien años para derrumbarse bajo la sombra de los Buendía que nos han dirigido en los últimos 35 años.

Se podría buscar en esta democracia nuestra tan denostada y atacada a los José Arcadio, a las Ursulas, Moscotes, Amarantas y Terneras que han llenado con su presencia los sucesivos gobiernos de la nación y sus aledaños autonómicos y municipales hasta convertir la particular novela de la larga transición española desde la dictadura en una caricatura de la obra del escritor colombiano.

Los cien años de soledad fueron una maldición que perseguiría a todos los Buendía y que terminarían por arruinar a todo un pueblo, disolviéndolo en su territorio selvático, aplastado y oscurecido por sus orígenes y su propia historia. Estos cien días de soledad en los que ha estado viviendo Mariano Rajoy amenazan a la familia del Partido Popular, y estamos viendo como la propia estabilidad del estado aparece sometida a los vaivenes de unos nacionalismos que quieren aprovechar la mayoritaria debilidad del poder central para aumentar el número y la velocidad de sus reivindicaciones separatistas.

A Macondo llegaron al mismo tiempo el ferrocarril y el circo, tan inseparables en el desarrollo imaginario de García Márquez como nuestras desmesuradas infraestructuras en autovias, aeropuertos y trenes de alta velocidad, por un lado, y el gran circo del sector inmobiliario con cientos de miles de viviendas construidas cada año y que, ahora, duermen el sueño de los justos ancladas en los balances de las entidades financieras tras haber sido como la alquimia del desconcertante crecimiento español durante una década.

Nadie puede dudar que nuestro coronel Rajoy no haya puesto a sus mejores tropas en posición de combate contra la crisis en estos cien días que lleva ocupando el palacio de La Moncloa: leyes laborales y financieras, presupuestos con más recortes que costurones un traje de empeño, acatamientos a las órdenes que llegan desde Berlín vía Bruselas, subidas de impuestos y de precios básicos en la energía que se trasladarán al IPC...y todo para ver como el castigo a su política no ha hecho más que empezar. Por un lado en las urnas de Andalucía y Asturias ( donde también los candidatos elegidos han tenido su parte de culpa en la desesperanza de los resultados ), y por otro en las cada vez más perentorias y directas exigencias de nuestros socios europeos que, con la excusa de evitarnos pasar por las intervenciones de Grecia y Portugal, insisten en que España tenga menor capacidad de recuperación y competitividad en los mercados exteriores, mayor inestabilidad social como consecuencia del aumento del paro, y una aún más decreciente influencia en las decisiones que se tomen en la Unión Europeo o en el restringido y maltrecho club del euro.

Creo que la experiencia en otros países, desde Japón a Estados Unidos, ha demostrado que sólo con recortes no se sale de la crisis financiera que llevamos viviendo desde que la banca de inversión norteamericana se desplomara de la mano de Lehman Brothers; que es posible que lo que a la Alemania de Angela Merkel le vaya bien a corto plazo y le sirva apara afianzar su dominio sin armas sobre Europa, a nosotros, los españoles nos vaya fatal; que es más que posible que en una economía tan competitiva y desigual como la que existe a nivel mundial los ejemplos de países como China o India nos lleven a pensar en el fatalismo sobre el estado del bienestar que se desarrolló en el Viejo Continente tras la llamada II Guerra Mundial; y que es posible que la fase financiera del capitalismo no tenga otra salida que volver a los orígenes del mismo en una combinación entre un mercado abierto casi sin controles a las multinacionales de todo tipo, y unos regímenes políticos en los que la dictadura encubierta de unos pocos a través de sistemas electorales controlados, se imponga a los deseos de la gran mayoría en busca de niveles de vida más equilibrados y justos.