El más esperado de los discursos navideños del Rey ha sido el mejor de los 36 que lleva en el trono, el más directo, el más sentido, el más personal y el más monárquico. Don Juan Carlos ha defendido la Monarquía como institución al servicio de los españoles, y lo ha hecho desde la preocupación e incluso el miedo que le causa la actual situación por la que atraviesa España y la Corona. Lo ha hecho desde la primera a la última palabra, desde la defensa de su entrega personal desde que ascendió al trono y la pasión por su país y sus conciudadanos al claro alejamiento que ha hecho - sin mencionarlo - de su yerno, Iñaki Urdangarin. Ha querido que ningún español confunda las actuaciones empresariales de su "hijo político" con las actividades "reales" de las dos personas que para él representan el presente y el futuro de la institución monárquica en este país: don Juan Carlos y don Felipe.
El Rey puso en la noche del sábado un enorme foso entre el "castillo" real y una parte de su familia. Se puso al frente de la defensa de la fortaleza y sólo mencionó a su hijo, el Príncipe, como la persona mejor preparada para sucederle, si que por eso cupiera hacer ninguna especulación sobre una cercana o pensada abdicación, con lo que de paso contentaba a los defensores de Felipe de Borbón, tanto a los que están dentro de la familia como a los de fuera, pero les reclamaba la paciencia necesaria que el propio sentido de la monarquía hereditaria tiene: cumplir los plazos que la edad, la salud o el propio monarca reinante considere adecuados. En ese aspecto dejó bien claro que su idea de servicio hacia la Nación le hacía colocar el bien colectivo y la exigencia colectiva por encima de cualquier veleidad familiar o personal. Luego, para ratificar o no el cambio estarán Las Cortes y la representación de la voluntad popular, un aspecto y una legalidad que no conviene olvidar para los tiempos venideros.
El listón que habíamos puesto todos: políticos, empresarios, periodistas y ciudadanos en general para el discurso navideño era muy alto, centrado sobre todo en si don Juan Carlos se referiría o no al escándalo de su yerno y hasta qué punto lo dejaría en manos de la Justicia con mayúsculas. Y lo hizo, con mención expresa de que la justicia debe ser igual para todos, pero con una añadido: que no se pueden extender las actuaciones personales a las instituciones. Dijo sin decir que lo que haya hecho Iñaki Urdangarín es responsabilidad única y exclusiva de él ( y ya veremos si afecta o no a la infanta Cristina, su mujer ) y que en nada tiene que ver con la Monarquía y con la Casa Real, entendida ésta en su persona y en la de su hijo Felipe.
Más directo que todas las otras veces, menos hablando al dictado o `parte del dictado de este u otro Gobierno, don Juan Carlos se esforzó por trasladar una y otra vez el papel que la Corona tiene y debe tener en España, un papel mediador, de consenso, de búsqueda de soluciones y alternativas en los momentos difíciles, como los que estamos viviendo. No habló, claro, de gobernar, pues no puede hacerlo, pero sí de integrar voluntades en busca de lo mejor para los españoles. Mencionó al nuevo Gobierno que acaba de llegar pero también estaba hablando - en esa parte del discurso - del resto de las fuerzas políticas y no sólo de ellas, también del resto de los llamados agentes sociales, empresarios y sindicatos.
Si la mención, sin mencionarlo, a su yerno y al daño que está haciendo a la Institución que él representa era obligado, lo mismo era referirse al paro y a la situación económica. Citó su confianza en la recuperación, en que España siempre ha sabido remontar las adversidades, y lo hizo dirigiéndose más al corazón de aquellos que padecen la falta de trabajo y más sufren las consecuencias sociales del problema. Les rindió homenaje por su sacrificio callado, por su coraje para sobrevivir, `por su voluntad para encontrar de nuevo un futuro para ellos y sus familias.
Entre esos dos grandes ejes se movió el discurso. Era lo lógico, lo necesario, lo que tenía que hacerse. Y el Rey lo hizo. Habló de ETA y de su final tras las últimas declaraciones de la banda terrorista y de los resultados electorales en el País Vasco. Por supuesto que les exigió la entrega de las armas y el abandono definitivo de la violencia como arma política. Y por supuesto que se refirió a las víctimas de esa violencia asesina y al respeto y el cariño que le motivaban, pero esa parte no era la central, la obligada. Corona y paro, Institución y economía, miedos y preocupaciones propios y miedos y preocupaciones colectivas. Don Juan Carlos se puso al frente del país, en su papel, en el que le marca la Constitución, para asegurar que desea formar parte del futuro de todos, que está dispuesto a luchar por ello de la misma forma que lleva haciéndolo desde su juramento en aquellas Cortes que se disponían a enterrar el franquismo. Que no se deben mezclar los planos y las personas, que la Justicia debe ser justa e igual para todos. Y con un apéndice breve pero muy importante: el Príncipe está preparado, es el sucesor, pero cuando toque.