El cielo y el suelo de Rubalcaba
jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
15/09/2011.- La resurrección del impuesto sobre el Patrimonio, que es la primera de las “promesas” electorales del candidato socialista que se va a cumplir antes incluso de que se celebren las elecciones del 20-N, no parece que vaya a cambiar el dictamen de las urnas. Alfredo Pérez Rubalcaba y su guardia pretoriana, con Elena Valenciano al frente, saben lo mismo que el resto de dirigentes y militantes de su partido: que es casi imposible y desde luego muy improbable que el PSOE pueda ganar las elecciones generales, e incluso que pueda alcanzar los resultados que obtuvo Joaquín Almunia en el año 2000, cuando José María Aznar consiguió la primera mayoría absoluta para el PP.
Los socialistas hacen cuentas tras los resultados autonómicos y municipales, analizan las encuestas propias y ajenas y llegan a la conclusión de que su objetivo es conseguir una derrota lo más suave posible. A partir de esa premisa se trataría de cambiar al PSOE, reorientarlo durante cuatro años con una nueva Ejecutiva y esperar que en ese plazo de tiempo, la misma crisis que les ha destrozado haga lo propio con el PP de Mariano Rajoiy y puedan presentar batalla de una forma más equilibrada. Así, Rubalcaba podría intentar mantenerse al frente del partido como futuro secretario general, bien acompañado por algunos de los actuales dirigentes que se han pronunciado a su favor como Patxi López, que deberá afrontar meses más tarde unas difíciles elecciones en el País Vasco; José Blanco que ya mira su futuro teñido de los azules de Galicia; y José Bono, que piensa en un puesto en el Senado en representación de Castilla la Mancha y en la presidencia del PSOE en la misma, protegiendo el ascenso de Emiliano Sánchez Page, el alcalde de Toledo, a la secretaria general.
¿Dónde está el suelo del candidato socialista para ese posible futuro?: en los 130 escaños, cinco más de los que consiguió Joaquín Almunia en el año 2000. Por debajo de esa cifra la guerra interna, dura y feroz estará servida con Carmen Chacón aglutinando a dirigentes tan diversos como José María Barreda, Tomás Gómez o el presidente andaluz, José Antonio Griñán. Hoy por hoy, ya en la segunda mitad de septiembre, las expectativas son tan malas que los datos que manejan en la sede central de los socialistas les llevarían a quedarse con 120 escaños o menos, de nuevo alejados por más de quince puntos respecto al Partido Popular.
¿Dónde está el cielo para Rubalcaba?: en conseguir que Mariano Rajoy, aunque tenga mayoría absoluta ( 176 escaños como mínimo ) no llegue a los 183 que consiguió Aznar en el año 2.000. A partir de esas cifras, el sueño de la victoria popr la mínima merced a un cambio radical en el electorado, o la no consecución por parte de Rajoy de la mayoría absoluta por la aparición de nuevas formaciones que diluyan el voto del centro derecha o recojan una parte del descontento social es eso, un sueño.
Hacen cuentas mirando el mapa político que salió de las urnas en ese año 2.000: el PP ganó por votos en casi todas las provincias . Se “salvaron” de la marea azul las cuatro provincias catalanas, las tres vascas, y otras tres en Andalucía: Huelva, Sevilla y Granada. Otra cosa fue el reparto de escaños, la tabla de salvación a la que quieren agarrarse en el equipo de campaña de Rubalcaba: “empatamos en Tarragona, en Lleida, en Jaén, en Córdoba, en Cádiz, en Albacete y en Badajoz. Si logramos mantener ese reparto podemos pasar llegar a los 130 escaños”.
Es lo que tienen los números y las matemáticas aplicadas a la sociología electoral, que dejan satisfechos a casi todos. Por ejemplo: en las dos últimas citas electorales de carácter general, en los años 2004 y 2008 la participación estuvo por encima del 75 por ciento y eso le permitió al PSOE ganar en ambas ocasiones. En el 2008, tras una campaña muy similar a la que ya estamos viviendo, centrada en los problemas económicos y con el debate entre el entonces vicepresidente económico, Pedro Solbes, y el “fichaje” económico del PP, Manuel Pizarro, como eje de la misma, Rodríguez Zapatero consiguió 11.064.524 votos, un 43,64% , mientras que Mariano Rajoy tenía 10.169.973 votos y un 40,11%, como se ve un bipartidismo apenas alterado por los nacionalistas de CiU y PNV ya que entre los dos grandes se repartieron 323 escaños de los 350 que conforman el Congreso de los Diputados.
Tanto al PSOE como al PP les interesa que haya una alta participación electoral, más al primero que cree que la abstención o el aumento de la abstención le perjudicaría. Y de nuevo las comparaciones con el año 2.000 desde el lado socialista: en aquellas elecciones sólo votó el 68,71% de los electores, siete puntos menos de los porcentajes que se darían en las dos elecciones siguientes. Esperanzas basadas, pues, tanto en el reparto de escaños que propicia la Ley D’Hont en las distintas circunscripciones como en la participación masiva de los ciudadanos, sobre todo en aquellos que se consideran de izquierdas o de centro-izquierda y piensen que el PP ya goza de un gran poder político tras las pasadas elecciones autonómicas y municipales.
El sueño de la lechera se rompe para el PSOE al ver que en el año en que el PP consiguió la mayoría absoluta de 183 escaños, la diferencia entre los dos partidos fue de diez puntos y que a mediados de septiembre de este año 2011, a dos meses de la celebración electoral, esa diferencia ronda el quince por ciento. Los fantasmas de los años 1982 y 1986, con sus cómodas mayorías absolutas para el puño y la rosa, caminan por los pasillos de la sede socialista en la calle Ferraz pero esta vez vestidos de azul y con una gaviota sobrevolando su tejado, como si la historia estuviera dando pasos hacia atrás en busca de esos 202 escaños que consiguiera Felipe González en plena debacle del centro y la derecha española con la UCD de Landelino Lavilla y la AP de Manuel Fraga y que nunca se han repetido.