Dirigí, hace algunos meses, un congreso de periodistas iberoamericanos, celebrado en la localidad cántabra de Comillas y centrado en torno a la entonces inminente celebración del bicentenario de la independencia de los países de América Latina. Ya entonces me percaté de que México pretendía hacer ‘su’ celebración de manera aislada, lo mismo que Ecuador, Bolivia, Argentina, Colombia, Venezuela, Perú o Chile, por poner algunos casos; nada de celebraciones multilaterales, conjuntas. Parecería que se trató de empresas distintas, y que personajes como Bolivar o San Martín, por poner solamente un par de los más destacados ejemplos, se limitaron a luchar en un solo país, sin una idea panamericana.
Y me percaté igualmente de que España, la España oficial, tampoco parecía demasiado interesada en participar, como uno más, en unas conmemoraciones que, desde hace ya muchos años, no entrañan ni sentimientos negativos ni lamentos por la pérdida de lo que fueran llamadas ‘colonias’. Todos mis interlocutores, desde el ministro de Exteriores Moratinos hasta el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, se mostraron interesados, entonces, en unas celebraciones ‘de participación’ y jamás ‘de confrontación’.
Pero son acaso demasiado vastos los intereses españoles por el mundo, estando la diplomacia de Zapatero, como está, agobiada por las presiones económicas de la Unión Europea, por los conflictos –aunque de bajo voltaje—con Marruecos, por la necesidad de acercarse cada vez más a Obama, aunque sea al precio de mantener los soldados en Afganistán más tiempo que los demás aliados… Demasiados ejes, ya digo, en los que fijarse como para ocuparse también de los bicentenarios, admiten algunos funcionarios del Ministerio español de Exteriores, de donde se acaba de extirpar, por razones presupuestarias, la Secretaría de Estado para Iberoamérica, englobándola en una supersecretaría ocupada por el eficaz diplomático Juan Pablo de Laiglesia.
Y, sin embargo, América Latina sigue siendo primordial para los intereses españoles. Lo he podido comprobar una vez más en Panamá, a donde las empresas constructoras españolas, faltas de contratos en su tierra natal en estos tiempos de eurocrisis, acuden presurosas, lo mismo que a otros países americanos, a buscar negocio. Igual ocurre con la telefonía, las grandes cadenas hoteleras, los principales bancos, las empresas energéticas y hasta los seguros: nunca como ahora España necesitó a América, por mucho que los responsables políticos españoles se resistan a darse cuenta de ello. Y probablemente nunca como ahora América necesitaría a España como aglutinante de los intereses iberoamericanos ante Europa, ante los Estados Unidos. Temo que estas múltiples, demasiado dispersas, conmemoraciones de los bicentenarios hayan sido una oportunidad perdida para estrechar esa comunidad de intereses de un conjunto de países, los inberoamericanos, que tanto tienen en común. Empezando por la lengua y, claro, por la Historia.
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