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El Vaticano y el síndrome pederasta

22/04/2010.- Los medios de comunicación están presentando una visión muy simplista de un asunto bien complejo. En la iglesia católica se está destapando progresivamente un grave problema de abusos sexuales desarrollado a lo largo de varias décadas del pasado siglo.

El problema se agrava especialmente por no haber denunciado a sus autores a las autoridades civiles y haber ocultado su misma existencia mediante medidas paliativas de escaso resultado, como traslados y terapias. Pero desde comienzos de década, el Vaticano ha implementado importantes medidas para atajar el problema.

Pedofilia y pederastia han sido delitos ocultos no sólo en la Iglesia sino también en el resto de las instituciones educativas y sociales, sin olvidar fundamentalmente la vida privada y familiar.

El efecto llamada del escándalo en la iglesia estadounidense y las altas indemnizaciones pactadas con las supuestas víctimas, ha motivado una proliferación de denuncias en media Europa, especialmente en Irlanda. La Conferencia Episcopal de EEUU ha gastado unos tres mil millones de dólares en ocho años.

Los casos están recibiendo un privilegiado tratamiento mediático, marcadamente sensacionalista, al que contribuye un indisimulado laicismo de gran agresividad. Abunda la inquina y la inamadversión.

El escándalo tiende a hacer un paquete con cuestiones de diversa importancia. El analisis y presentación de los datos estadísticos con objetividad permite adelantar que si numéricamente el problema tiene una presencia muy minoritaria entre el clero católico, el impacto que produce por las características de su llamémosla profesión, es enormemente mayor y es lógico que sea juzgado con mayor dureza por la opinión pública. El oficio de prestar confesión de sus pecados a los fieles, asistencia moral a las personas con problemas, y sobre todo tareas educativas con niños y adolescentes, agrava sin duda la dimensión del problema hasta el punto de poder suponer una inflexión histórica de la presencia de la iglesia católica en el sistema educativo o al menos un aumento significativo de su creciente pérdida de influencia.

Con todo ello, es aún más grave que haya servido para patentizar los mecanismos de autodefensa, complicidad y corrupción extendidos en la iglesia católica a semejanza de las instituciones seculares. La organización eclesiástica practica los mecanismos mafiosos que practican todas las profesiones y categorías sociales frente al exterior -yo te protejo para que tu me protejas-, a pesar del carácter espiritual de su ocupación y de su esencias en principio inmateriales.

Del mismo modo, las dudas crecientes que plantea la estructura hiperpiramidal de la iglesia católica, sus obsoletos sistemas de gestión, el celibato clerical, la negación del sacerdocio femenino, la marginación interna de los laicos, la colisión creciente de su sistema de dogmas y creencias con la aceleración del cambio de paradigma planetario, pueden sufrir un agravamiento producto del síndrome que analizamos.

Cuando las aguas vuelvan a su cauce, y el escándalo se agote, la iglesia católica habrá sufrido otro grave deterioro de su imagen pública, aunque probablemente la experiencia traumática contribuya a la limpieza interna que promueve Benedicto XVI, y salga mejorada. El modo y profundidad en que el síndrome pederasta pueda precipitar cambios profundos en el catolicismo, en su visión de la sexualidad, en su sacerdocio y su paradigma dogmático, está por ver. Quizás todo vuelva a ser como antes o quizás estamos en vísperas de un cataclismo interno.


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