El poder oculto

22/04/2010.- Influyentes y mediáticas, sus estilismo y poses son analizados milimétricamente, conviven con los hombres más poderosos de Europa y de la tierra, quienes reconocen en ellas a sus mejores y más leales consejeros, aunque por regla general el selecto club de “las primeras damas” se cuide muy mucho de dejar ver su influencia en la política de sus respectivos países, si se exceptúan casos como el famoso tándem que formaron los Clinton.

Los rumores sobre la escurridiza esposa del presidente del Gobierno español, Sonsoles Espinosa, se han sucedido desde que llegó a La Moncloa. A sus imposiciones maritales se atribuyeron las “huidas” de José Luís Rodríguez Zapatero de los foros internacionales, especialmente llamativas al inicio de su mandato, para pasar la noche en “casa”.

También a los deseos de Espinosa se adjudica el hecho de que el veraneo estival de los Zapatero haya discurrido en los últimos años en “La Mareta”, algo no exento de polémica al tratarse de un Palacio regalo del rey Hussein de Jordania a la familia Real, gestionado por Patrimonio, en el que el matrimonio y sus hijas han encontrado su particular paraíso.

Pero no todos son sombras, la sensibilidad femenina de la “primera dama” española estaría detrás, en opinión de algunos analistas, del especial cuidado del presidente por conformar Gobiernos paritarios o en su empeño por impulsar políticas de igualdad a lo largo de su mandato.

En el debe de la esposa de Zapatero se contabilizan, eso sí, sus habituales “espantadas” de los viajes oficiales o su excesivo celo por preservar la intimidad de sus hijas, Laura y Alba, algo que ha llenado titulares, lo mismo que su guardarropa “made in” Elena Benarroch o más recientemente sus supuestos privilegios a la hora de realizar algún viaje privado. Con todo, Espinosa no ha hecho correr ni de lejos los ríos de tinta que Carla Bruni desde que entró en la vida de Nicolas Sarkozy hace poco más de dos años.

La “primera dama” de Francia, papel en el que se siente como pez en el agua, aunque diga que preferiría que su marido abandonara el cargo para salvaguardar su salud, ha hecho de los escenarios políticos internacionales su particular pasarela, algo, bien es cierto, a lo que no era ajena antes de su matrimonio con el presidente de la República.

El “efecto Bruni” se ha dejado sentir abiertamente y de una forma controvertida en la política francesa, con la destitución de la otrora poderosa Rachida Dati como ministra de Justicia, apartada de la “corte” de Sarkozi, según se dijo, por las buenas artes de la “Jacqueline Kennedy” francesa.

La sofisticación y glamour de Bruni, que le ha granjeado elogios en el panorama internacional, cautivando incluso al marido de la reina Isabel II, no ha logrado, sin embargo, deslumbrar al electorado francés que “castigaba” recientemente a Sarkozy en las urnas de las regionales francesas.

Madame Sarkozy o “la nueva María Antonieta”, como es catalogada por algunos medios galos por su obsesión por la imagen y el estilo regio de la pareja, ha encontrado en el Eliseo su particular pasaporte al estrellato, uniendo a su faceta de cantante (actividad musical en la que coincide, aunque en otro ámbito, con Espinosa), la de “musa” de Woody Allen, con quien rodará a partir del próximo mes de julio.

La rutilante Bruni no ha dejado desde su llegada al Eliseo de estar en el ojo del huracán, ora por la subasta de unas antiguas fotos semidesnuda, ora por las supuestas infidelidades mutuas del matrimonio presidencial. Eso sí, la primera dama saca las uñas cuando los medios de comunicación “maltratan” a su marido o ponen en evidencia la diferencia de altura de la pareja.

Discreta y tímida, Sarah Brown ha pasado prácticamente desapercibida hasta ahora, en que se ha convertido en “el arma secreta” del primer ministro británico laborista, Gordon Brown, de cara a las elecciones del próximo seis de mayo.

La primera dama inglesa es la encargada de poner un “toque humano y calido” a la figura adusta de Brown y parece que lo está consiguiendo a tenor de la popularidad adquirida por la esposa del premier británico en Twitter, donde cuenta con casi ochocientos mil seguidores y describe a su marido como “mi héroe”, algo que lanzó durante su intervención en el Congreso Laborista.

La señora Brown no ha dudado tampoco en salir en la defensa de su marido cuando éste fue acusado de maltratador por algunos colaboradores cercanos, describiendo a Brown como un hombre “fuerte, trabajador y honesto”.

Sarah, y así lo entiende el equipo de Brown, es la mejor arma electoral del primer ministro, frente al conservador David Cameron, que también ha encontrado una inmejorable aliada política en su mujer, Samantha Sheffield, hija de un lord inglés.

Apodada por la presa sensacionalista británica como SamCam, la esposa de Cameron, el “Tony Blair” de la nueva derecha, tiene también el reto de dibujar una imagen más centrada y humana de su marido, visto por parte del electorado inglés como un esnob, algo que parece haber conseguido en la entrevista televisiva que mantuvo recientemente, en la que describió a su pareja como un buen cocinero, pero un hombre desordenado “que deja su rota tirada en casa”.

La tercera consorte en discordia, de la que se ha dado en llamar “la guerra de las esposas”, es la vallisoletana Miriam González, pareja del líder del Partido Liberal- Demócrata británico, Nick Clegg.

Ellas son las encargadas de mostrar la cara amable de sus poderosos maridos y abrirles el camino hacia Downing Street en las que están siendo las elecciones más reñidas que se recuerdan en Gran Bretaña. Un papel muy parecido al que han desempeñado las esposas de los candidatos de EE.UU, entre ellas Michel Obama, que tuvo que limar las “asperezas” de sus discurso y rebajar su propio perfil para que brillara su marido. La esposa del presidente norteamericano, acomodada ya a su nuevo roll de primera dama, se ha convertido en un icono de la moda americana, para algunos al más puro estilo Jacqueline Kennedy, abandonando también su perfil de ejecutiva para dar una imagen más familiar.

En tan selecto club de consortes nunca llegó a tener un papel relevante la ya ex esposa del presidente italiano, Silvio Berlusconi, Verónica Lario. Antes de su tumultuoso divorcio de Il Cavaliere, Lario no dudo en desenterrar el hacha de guerra contra su marido por las candidatas-modelos que pretendía presentar a las elecciones europeas, una “desverguenza” ideada, según la entonces señora Berlusconi, por alguien que se cree “un emperador”.

La polémica de las “belinas” hizo que el primer ministro italiano diera marcha atrás y rehiciera la candidatura a Europa, pero los desencuentros del matrimonio eran ya vox populi y se ventilaban en la prensa.

El divorcio ha sido, también, la única alternativa para el poderoso primer ministro de Rusia, Vladimir Putin, al hacerse pública su relación sentimental con la ex gimnasta olímpica Alina Kabaeva, actual dipu tada en el Parlamento Ruso.

La ruptura del considerado “gran zar de la nueva Rusia” de Ludminla Putina, ha estado marcada por la discreción, no así su relación con Kabaeva, a la que en su país denominan la Carla Bruni rusa, que ha puesto sobre él todos los focos mediáticos.

Nada que ver con la imagen de familia bien avenida del presidente ruso Dimitri Medvédev, cuya esposa Svetlana se ajusta a los cánones más tradicionales de una primera dama, incluido el gusto por la moda y la sofisticación. Dos cualidades que la consorte del rey Abadalá II de Jordania, Rania, ha potenciado hasta el límite convirtiéndose en el icono indiscutible del buen estilo y el glamour occidental. Para otros, especialmente en su país, simplemente ha llenado de frivolidad la monarquía.



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