A la tierra le da por vomitar sus entrañas en un lugar remoto y el mundo civilizado se detiene. Las poderosas máquinas dejan de volar, las admirables infraestructuras de los aeropuertos se llenan de almas en pena vestidas de marca que, a las pocas horas de vagar sin casa y sin destino, parecen fantasmas ajados. Negocios que se pierden, citas frustradas que acaso ya son promesas incumplidas para siempre; no llegaremos a tiempo a la oportunidad profesional de nuestra vida, al paraíso de unas vacaciones de ensueño seguramente muy merecidas o, tal vez, a despedirnos de un ser querido.
¿Y ahora qué hacemos con nuestro orden por los suelos? O por los aires, lleno de polvo primigenio.
Da miedo pensar que no tenemos alternativa, que poco podemos hacer, salvo esperar que la tierra se calme y que potencias que tampoco controlamos disuelvan las cenizas o las envíen a donde no molesten a nuestro sacrosanto bienestar. Solo faltaría que todo haya sido un error, una alarma injustficada, la escrecencia de un modelo informático de previsión de riesgos mal calibrado. Eso todavía daría más miedo.
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