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Si Garzón no existiera, habría que inventarlo

jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
Recuerdo que, en una tertulia radiofónica, hace no muchos años, pero sí algunos años, dije algo así como “si Garzón no existie-ra, habría que inventarlo”. Y se organizó un cierto revuelo. Andábamos entonces en la polémica sobre los GAL, tan aplaudi-da entonces por los ‘populares’ y que tan desesperante resultó para los socialistas de Felipe González. Baltasar Garzón acababa de abando-nar el escaño socialista y la comisaría contra la droga, y, decían las malas lenguas, había decidido posicionarse contra los que antes defendía y le defendían. No era su primer viraje y ya vemos que tampoco iba a ser el últi-mo.Todo juez que lleva a sus últimas consecuencias su con-dición es polémico. Como es polémica la interpretación de la ley –cualquier ley está sometida a eximentes, ate-nuantes y agravantes—y sus circunstancias. Lo que ocu-rre es que un juez no tiene por qué ser siempre polémico en todas sus actuaciones, y pienso que el respeto a la presunción de inocencia debe primar sobre la propia idea de que hay que llegar a la verdad cueste lo que cueste y se pase por encima de quien se pase.Garzón ha desvelado tramas siniestras. Pero ¿a qué pre-cio?. Ha perseguido el terror, el narcotráfico, la violación de los derechos humanos. ETA, los capos de la droga, el pinochetismo, han estado en su lista de prioridades a combatir. También intentó entrar en el caso Al Qaeda, el más vistoso de la época, aunque sin éxito. Nada se le ponía por delante. Pero, ay, a qué pocas conclusiones satisfacto-rias han llegado sus instrucciones, siempre algo frustrantes y frus-tradas. Quiero decir, con toda claridad, que Garzón es dema-siado ambicioso, demasiado sen-sacionalista y demasiado poco constante a la hora de instruir. Como si la explosión de los fuegos artificiales ya fuese para él suficiente. Y, además, en la ‘cremá’ utiliza todos los ingredientes a su alcance: gasolina, dinamita, amplificadores, amenazas, coaccio-nes. Caiga quien caiga, aunque quien caiga pueda ser inocente. O no demasiado culpable.Lo voy a soltar de una vez: no estoy seguro de que haya respetado siempre de manera escrupu-losa ni la presunción de inocencia ni los derechos humanos del ‘sospechoso’, vamos a decirlo así. Ni tampoco unos métodos convencionales –también vamos a decirlo así—en su sagrada condición de juez.Garzón es de un valor escalofriante. Pero tal vez raya-no en la temeridad. Da la impresión de que, como le ocu-rrió a su héroe, el juez Di Pietro, le importa un comino lo que piensen y digan de él, siempre que piensen y digan algo, mejor si es en grandes titulares periodís-ticos. Escribió –por pluma interpuesta—un libro ver-gonzosamente hagiográfico sobre él mismo, dejando muy claro, una vez más, que es su propio objeto de adoración y culto. Sus amigos son exclusivamente sus incondicionales; los tibios son expulsados de su círculo.
Lo más importante, acaso, es que se puso el mundo por montera. Podía dar conferen-cias no declaradas, escribir libros sobre sí mismo, ya digo que por persona interpuesta, filtrar –le acusan—parcialmente sumarios, coaccionar a imputados más allá de lo teóricamente permitido. Ningún juez se aprovechó tanto de los privilegios de serlo como Baltasar Garzón. Irritó a la derecha, luego a la izquierda y luego nuevamente a la derecha. En estos momentos, quienes un día lo admiramos –ahora ya no estoy tan segu-ro de ello—no podemos apostar por sus instrucciones, en las que se presumen más culpabilidades que inocencias: “hemos sido amigos alguna vez”, me dijo un día, indignado por algo que escribí y no le gustó.Espero no resultar demasiado contradictorio si digo que aún pienso que si Garzón no existiera, habría que inventarlo. Pero, eso sí, también hay que inventar sus contrapesos, sus límites y a los propios jueces encargados de juzgar lo que hace el juez. La demasía, a la hora de investigar algunas cosas que nadie se atreve a hacerlo, es un daño colateral necesario, me temo. Por lo demás, me irritan algunas de las cosas que dicen sobre él los más extremistas de la derechona: no me cabe duda de que es un mal instructor, pero me cuesta pensar que alguien de sus características sea un prevaricador. Es un político, pero vaya usted a saber de qué ideología. Es un tipo libre, pero esclavo de su egolatría. Es honesto, pero su manga para juzgar lo que es la propia honradez es a veces bas-tante ancha. En suma: es un ser humano, demasiado humano para ser, como él piensa de sí mismo, divino. Y, encima, es juez en España, casi nada. ¿Lo condenaremos por haber cobrado, no sé si de manera del todo estética, unas con-ferencias bien pagadas, y no por haber sembrado de tris-teza algunos hogares honestos, pero presentados en sus sumarios como si no lo fueran?Garzón representa, exacerbados, las virtudes y vicios de la Justicia en España. Nada más. Nada menos. Lo dicho: habría que inventarlo de nue-vo…y quién sabe si, a continuación, reconstruirlo y lue-go olvidarlo.
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