
El Partido Popular se desangra
jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
Acorralado y sobre todo desbordado por los acontecimientos es como transita políticamente desde hace semanas el partido de Mariano Rajoy, tocado, casi hundido, e incapaz de reaccionar ante el vendaval de sospechas, presuntas corrupciones y espionajes que han caído cual plaga maldita sobre esta formación a menos de un mes de examinarse en las urnas gallegas y vascas. Un clima de confusión que han obligado al Partido Popular a poner el primer cadáver político encima de la mesa, el alcalde de Boadilla, Arturo González Panero, cuya resistencia a abandonar el cargo en contra de las directrices de su partido, no ha hecho más que poner de manifiesto la falta de autoridad y liderazgo claro que se respira a día de hoy en este partido. El PP se descompone a marchas forzadas, víctima de su propio cainismo por alcanzar la cúpula del poder, el interno y el de la calle, y por dejar el tiempo correr, sin marcar el rumbo a una “tropa” que ha remado cada uno en su propia e interesada dirección. Sí los intencionados silencios de Rajoy en el “watergate madrileño” que ha cercado a Esperanza Aguirre, más sola ante el peligro que nunca, hicieron albergar la idea que el gallego estaba dispuesto a sacrificar Madrid en aras de librarse de la que viene siendo su peor pesadilla interna, tanto es así que se habló de un posible pacto de conveniencia entre el inquilino de la Moncloa y el jefe de la oposición, al líder del PP se le ha terminado por desplomar el cielo en cima con el aluvión de presuntas corruptelas de sus dirigentes a lo ancho y largo de la geografía nacional y especialmente de una Comunidad madrileña que no ha sabido o no ha podido controlar. El velo de sospechas que ha caído sobre ayuntamientos como el de Boadilla del Monte, un municipio que el juez estrella de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, sitúa como sede operativa del entramado empresarial que ha propiciado los oscuros y, al parecer, delictivos negocios con ramificaciones en comunidades como la valenciana o la andaluza, ha hecho reaccionar a un PP hasta ahora indolente ante el “affair” que sacude los cimientos de Aguirre. Los populares, por boca de María Dolores de Cospedal, han señalado directamente al incombustible ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, como muñidor de esta operación de “acoso y difamación” del PP, que todo lo más habrá azuzado el fuego interno que consume a los populares desde las últimas elecciones generales, obviando con ello varias realidades: la primera que el propio Rajoy decidió cerrar el grifo a la más que sospechosa, y ahora investigada, “Especial Events”, al considerar que algo no olía demasiado bien en esta empresa de organización de eventos que hizo su agosto al cobijo del aznarismo; y segundo, que muchas de las acusaciones que hoy han visto la luz, tomaron cuerpo, aunque no tuvieran trascendencia mediática, con las denuncias internas de dirigentes del propio Partido Popular. Lo que hoy ocupa grandes titulares sobre lo acontecido en Boadilla, y más concretamente sobre la actuación de su ya ex alcalde, Arturo González Panero, era destapado meses atrás por dos de sus concejales, a los que el regidor cesó, pero que se encargaron de dar cumplida cuenta, dossiers incluidos, de lo que acontecía en este Ayuntamiento, véase los supuesto viajes a Miami del primer edil, en varios des-pachos de Génova; el de la dirección regional y también en el de la nacional. Una prueba inequívoca más de que las aguas bajan desde hace tiempo turbulentas en el PP, aunque nadie se haya atrevido a poner freno a tanto despropósito y de que en aquel momento se intentaran guardar los posibles trapos sucios bajo siete llaves, sí bien es cierto ya entonces llamó la atención que González Panero, uno de los alcaldes que más pitaba en el entorno de Aguirre, hasta el punto de querer convertirse en su secretario general de los populares madrileños, fuera perdiendo influencia hasta quedar en un discreto segundo plano. Todo ello por no hablar de la querella que parece que va a poner Alejandro Agag, el yernísimo de Aznar, contra los que intentan vincularlo con algunos de los miembros de la presunta trama investigada por Garzón. Episodios que, sin duda contribuyen a cerrar el cerco en torno a la lideresa del Partido Popular, cuya soledad se deja sentir ya abiertamente en su propio grupo parlamentario, poco proclive a saludar las intervenciones de sus jefes de filas, y muy especialmente en su Gobierno, donde la distancia insalvable que se ha abierto entre su mano derecha, Ignacio González, y su mano izquierda, Francisco Granados, es vox populi desde que se destapó el caso de los espías. (Tanto es el desencuentro entre ambos que el vicepresidente hizo ostensible su desinterés por las explicaciones en la Asamblea del consejero de Interior sobre el espionaje madrileño, abandonando su escaño para regresar una vez finalizada la intervención de su compañero). Una realidad que no escapa a los ojos avizores de los dirigentes de la oposición, PSOE e IU, que creen percibir de forma clara y nítida la rápida descomposición del Ejecutivo autonómico y del PP madrileño, en el que los segundos escalafones, también algunos de los primeros, saben donde colocarse en estos momentos. Un Gobierno sobre el que comienza a vaticinarse una pronta remodelación, que consistiría en el cese por parte de Aguirre de Granados después de las elecciones gallegas y vascas, para descabalgar después a González durante las vacaciones de verano del parlamento autonómico. El golpe en la mesa de Rajoy (él en persona se ha encargado de anunciar la dimisión de González Panero) parece haber llegado tarde a un PP que se desangra internamente y que puede verse abocado a un Congreso extraordinario para elegir a un nuevo jefe de filas si como todo parece indicar sufre una nueva debacle en las urnas el próximo 1 de marzo. Con Aguirre casi fuera de carril, Rodrigo Rato sin definir sus ambiciones y sin grandes perfiles capaces de devolver al PP su fortaleza, el camino estaría allanado para un Alberto Ruiz Gallardón, que guarda sepulcral silencio sobre la demolición de su partido. Otra cosa es que el alcalde de Madrid se decida de una vez por todas a dar un paso al frente y disputar a quien corresponda la presidencia del Partido Popular.