
Aguirre, entre Thatcher y Conde
jueves 02 de octubre de 2014, 12:47h
Esperanza Aguirre se siente acosada por todos, tanto en el seno del Partido Popular, como fuera por el Gobierno de Zapatero, pero también por los nacionalistas e Izquierda Unida, que la consideran la encarnación viva de los “neocon” que provocaron la actual crisis financiera y económica. La nueva diosa del liberalismo económico a ultranza, como lo fue Margaret Thatcher en la década de los años 80, debe su gran popularidad precisamente a llamar a las cosas por su nombre y a meterse en cuestiones políticas espinosas con soluciones “políticamente no correctas”. Su éxito, sin embargo, no depende de la gente, ni siquiera de los votantes o de los telepredicadores de la radio, porque una cosa es barrer en Madrid -la Autonomía más dinámica, junto con Cataluña y Baleares- y otra muy distinta tener que proponer soluciones a los otros 24 millones de españoles que tienen que convivir con problemas mucho más de andar por casa, por no hablar del miedo con que la ven los cientos de altos cargos de las Comunidades que creen que si llega a gobernar les va a rebajar salarios y competencias. Quienes más miedo tienen a Esperanza Aguirre son precisamente el stablishment político que tiene su vida, sus salarios y sus pensiones aseguradas para toda la vida. Querer, después de 20 años de funcionamiento de las Auronomías, reducir el número de los directores generales o de los ministros autonómicos -que viven mejor que los ministros- le ha granjeado más antipatías entre la clase política que sus intentos de conseguir el apoyo de los curas -que tampoco van a mover un dedo en su favor si no gana- o de atraer a los antinacionalistas, donde es muy difícil distinguir a un franquista atrincherado de un español frustrado.
Aguirre ha querido seguir los pasos de Margaret Thatcher que aprovechó la derrota electoral del líder del Partido Conservador, Edward Heath, para desbancarle a él y al sucesor que éste había propuesto, William Whitelaw, pero su exceso de disciplina y las pocas posibilidades que los partidos españoles ofrecen a los candidatos internos para competir con los jefes, hizo que no se atreviera finalmente a presentar candidatura frente a Mariano Rajoy en el Congreso de Valencia, a diferencia de Thatcher que sí lo hizo en 1975. Heath nunca se lo perdonó, pero la “Dama de Hierro” gobernó durante doce años. Ahora, tras el esperado “desastre” de Rajoy en las elecciones vascas y gallegas, Aguirre -y también Alberto Ruiz-Gallardón, que tampoco se ha atrevido hasta ahora a dar el paso- gozará de una segunda oportunidad si es que no hay en marcha -la crisis de los espías tiene pinta de ello- una operación de desalojo de la política contra la presidenta madrileña al estilo de la que sufrió -con razones o sin ellas- Mario Conde cuando se atrevió a insinuar que iba a dar el salto a la política frente a Felipe González y a José María Aznar. Entre los dos acabaron con él en un tiempo récord -los seis meses que separaron el nombramiento de Conde como doctor honoris causa de la Universidad Complutense, alabado por todos y la intervención del Banesto por el Banco de España con toda la artillería pesada. A favor de Conde jugaba el dinero que tenía -y que le valió para resistir durante varios años y hasta intentar vengarse de Felipe González con los papeles del Cesid y del Gal -el propio Mariano Rubio, gobernador del Banco de España pasó por la cárcel- hasta que finalmente tuvo que rendirse ante la evidencia de que todos estaban contra él.
La presidenta madrileña tiene a su favor el poderío que da la Comunidad de Madrid, la cantidad de cargos del PP -que perdieron su puesto por la derrota de Rajoy- que dependen de ella y hasta los medios de Comunicación que la consideran la líder indiscutible de la derecha española, pero si Rajoy y Zapatero se han puesto de acuerdo en echarla van a tener que echar mano de todas sus fuerzas para intentar impedirlo y seguramente la única manera segura sería, como hizo Margaret Thatcher, vencer a Rajoy en unas eleccions internas, cosa harto difícil si el resto de los barones regionales del PP no lo admiten, que fue lo que ocurrió en Valencia. También ha fallado, hasta ahora su idea, primitiva, de seguir los pasos de Rodrigo Rato, como líder de los liberales -como hizo también la Thatcher con Keith Joseph, el verdadero gurú del thatcherismo económico, que fue el primero en criticar a Edward Heath, pero que no tuvo el valor de enfrentarse a él por el liderazgo del partido conservador británico. Algo parecido a lo que le ha ocurrido a Rato con Rajoy. El problema es que tampoco el ex vicepresidente economico parece estar por la labor de ser el segundo de Aguirre, como aceptó Keith Joseph en 1975.