Es Pepe Blanco para todos desde su paso por la secretaria general de las juventudes del PSG, con su barba, sus modales suaves y su dureza a la hora de negociar. También su habilidad para conseguir acuerdos, captar voluntades y llevar a sus oponentes a la desesperación. Lleva en el Parlamento desde 1996 y en el Senado desde 1989, once años viviendo las luchas cainitas de Madrid, las tormentas que se disuelven en un vaso de agua de la Villa y Corte, y junto a Jesús Caldera, Trinidad Jiménez y Juan Fernando López Aguilar a copiar la estrategia del grupo sevillano de “la tortilla” para hacerse con el poder interno del socialismo que se ha quedado huérfano. Su papel es el de Alfonso Guerra y hasta como aquel terminará afeitándose la barba en uno de sus primeros cambios de imagen.
Con el poder de la organización del PSOE en el bolsillo se convierte en el mejor de los arietes de Rodríguez Zapatero. Vuelve a articular a un PSOE que se lame las heridas de la derrota de Joaquín Almunia y negocia con los barones regionales – incluido Bono – la necesaria paz para afrontar las elecciones del 2004. Como secretario de Organización trabaja el día a día con la persona que se convierte en el puente de unión entre el socialismo de González y el nuevo socialismo de Zapatero, ex ministro, muy bien relacionado con los medios de comunicación más afines, perfecto conocedor del poder y lo que representa y que no es otro que Alfredo Pérez Rubalcaba. Aquellos días y aquellos cuatro años – los que van del 2000 al 2004 – van a permitirles a los dos establecer una serie de complicidades que les resultarán muy útiles cuando lleguen los momentos duros y haya que cambiar de estrategias y se tenga que defender al jefe de los ataques de dentro y fuera del partido.
Los dos, Blanco y Rubalcaba, no entran en el primer Gobierno de Rodríguez Zapatero pero cada semana que pasa aumenta su poder: el primero en el seno del PSOE, el segundo al frente del grupo parlamentario. Les llegará su hora – como en el film de Sergio Leone – y uno terminará siendo el superministro de Fomento y Vivienda, con un cambio radical en su percepción por la sociedad, por los adversarios políticos y por los propios militantes; y el otro convertido en vicepresidente primero, ministro del Interior y Portavoz del Gobierno. Casi todo el poder en sus manos, la solución que pone en marcha ZP cuando ya no puede aguantar más las presiones a favor de un cambio de rostros y de política que le hacen desde todos los frentes de la vida pública.
Ya, hoy, otoño del 2010, con dieciocho meses por delante cargados de elecciones cruciales para la suerte de su Gobierno y de su partido, con muchos secretos en sus alforjas, con batallas perdidas y ganadas – la última interna en Madrid frente a un díscolo Tomás Gómez – José Blanco es un claro aspirante a suceder al líder como candidato si Zapatero decide no presentarse en el 2012 al frente de las listas del PSOE o como secretario general si el socialismo perdiera esa cita con las urnas. No lo tiene fácil si miramos lo que nunca consiguió Alfonso Guerra pese a ser el número dos como vicesecretario general, e incluso más de un dirigente del PSOE cree que Blanco cedería esa “responsabilidad” a Alfredo Pérez Rubalcaba si llegara el caso.
Su fidelidad a Zapatero es incuestionable, su carácter de “hombre de estado” cuando se sienta en el sillón de ministro y deja a un lado el partidismo de partido, también. Su imagen ya no está tan ligada a las broncas y discusiones que le llevaron a enfrentarse a la plana mayor del PP, si bien conserva la ironía y acidez oratoria suficiente para combatir en uno de los momentos más bajos y peores del socialismo hispano. Su futuro no está tanto en sus manos como en las de Zapatero y sus decisiones, primero, y en la voluntad del partido, en segundo lugar, ya que como ha dejado muy claro su compañera Carme Chacón si hay que suceder al jefe del Gobierno se hará dentro de un Congreso y por votación y sin recurrir al dedo.
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