Tan desanimado que ahora mismo se ignora si querrá, como hizo en tiempos pasados, salir personalmente al atril para defender esos presupuestos tan dificultosamente pactados con los nacionalistas vascos y con los canarios, cuyo voto probablemente necesite en la ‘segunda vuelta’ de las cuentas generales del Estado en la Cámara Baja. Tan, tan desanimado que ni se atreve a afrontar una crisis de Gobierno que le reclaman desde todos los sectores, incluidos los más cercanos a determinados/as ministros/as.
Ahora mismo, un observador, que pretende, como yo, ser y estar atento, dictaminaría una dispersión de todos los diablos en las filas socialistas. No sé si ha sido buena la solución (¿?) de aplazar una semana más la sustitución del ministro de Trabajo, manteniendo las incertidumbres y las expectativas –y los comentarios negativos—no sólo acerca de quién será el reemplazo, sino también sobre si, por fin, Zapatero se animará a dar el paso de sustituir a otros varios ministros y dar un giro copernicano, en organigrama, rostros, objetivos e ideas, a su Ejecutivo.
A Zapatero le veo, en esos encuentros fugaces y a empellones que a veces tiene con los periodistas que le acosamos, mucho más serio que antes –no es que jamás haya sido unas castañuelas, pero…--, bastante menos agresivo con los de enfrente y considerablemente menos brillante que hace un lustro, cuando estaba tan seguro de sí mismo. La impresión que ofrece es esa: que calcula que está ante sus últimos Presupuestos –bueno, ponga usted los penúltimos, si quiere asegurarse del todo y contemplar todas las hipótesis-- , que los ha tenido que pactar a cambio de bastante, aunque no tanto como algunos quieren presumir, y que a él, como a usted y como a mí, tampoco le gustan. Menuda semanita le espera.
otras opiniones >>