Para empezar su partido y, sobre todo el nombre de Ciudadanos, tiene acento y olor a los principios de la revolución francesa.
Son jacobinos, creen en la igualdad y la solidaridad, además de en la libertad y no están dispuestos a confundirse con los chiringuitos de quienes juegan al tacticismo y a proteger intereses de clase.
El discurso de Albert Rivera suena a creíble y también se me antoja necesario, pero sobre todo es un mensaje sin complejos ni hipotecas.
No me extraña que los dos grandes partidos nacionales, y sobre todo los nacionalistas en Cataluña, no le quieran dar ni agua y le nieguen cualquier posibilidad que aliente a los electores a apostar por la opción que representa. Gente como Rivera es una provocación insufrible para los que quieren que lo anormal sea normal.
En Cataluña, donde se han confundido unos con otros y los que son distintos a veces callan por no molestar a quienes puede necesitar para futuras alianzas, hay demasiada presión sobre los que no son correctos.
La muerte civil de los que osan contestar al poder del oasis catalán es una amenaza permanente, pero reconforta que haya gente capaz de denunciar los abusos, contra la población no nacionalista, de los encaramados al poder.
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