El bochornoso trayecto del Estatut hasta desembocar en una sentencia --¡al fin!—del Tribunal Constitucional que, como mínimo, podría calificarse de apaño, es un ejemplo de hasta dónde han llegado las cosas. Así, la actuación, entendemos que lamentable, del Gobierno central, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza; la algo precipitada de la oposición, interponiendo –era su derecho y ellos entendieron, es cierto, que también su deber, pero se reveló como un error—un recurso ante un TC absolutamente politizado, servidor de los intereses de sus ‘señoritos’ en los partidos; el afán de estos partidos mayoritarios por controlar al Tribunal Constitucional, llegando el PSOE a forzar, mediante ley ‘ad personam’, la permanencia de su presidenta, María Emilia Casas, para asegurarse de que no habría una sentencia demasiado ‘adversa’ sobre el Estatut; el pasotismo de los propios magistrados, incapaces de dimitir ante el abuso que de ellos se hacía y la proliferación de recusaciones improcedentes contra ellos; y también tolerando cuatro de ellos permanecer en sus poltronas hasta tres años –tres—más allá del cumplimiento de su mandato; la frivolidad de formaciones como Esquerra Republicana de Catalunya, que primero rechazó el Estatut y luego, en viraje de ciento ochenta grados, se envolvió en la bandera de su defensa a ultranza; las complicidades de algunos medios de comunicación catalanes a la hora de desprestigiar al TC, llegando a publicar, doce de ellos, un editorial conjunto que era un auténtico ataque a la institución…En fin: la lista de disparates podría hacerse casi interminable.
Toda una radiografía del estado moral de la política española, que no solamente catalana.
La gota que colmó el vaso fue el propio president de la Generalitat, José Montilla, convocando una manifestación de repudio a la sentencia del Constitucional, una sentencia que, como los lectores bien saben, ha permitido que cada cual la interpretase a su favor, en un ‘aquí ganamos todos’, cuando en realidad todos perdían. Todo, todo, ha sido un despropósito, que evidencia la mala gestión de un Govern tripartito en el que el único pegamento se llama ‘poder’. Hacer del rechazo a las instituciones ‘españolas’ el banderín de enganche para liderar la precampaña electoral, como ha hecho Montilla, socialista al fin y al cabo como Zapatero, le descalifica. Su oportunismo aferrándose a un tripartito que es una cama redonda de extraños socios, le define. La acción e inacción de Montilla ha alejado a Cataluña del resto de España, ha metido a los catalanes en incongruencias que para nada les interesan, ha tensado la cuerda con el Gobierno central, que es su, para colmo, correligionario.
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