Rajoy se atrinchera en La Moncloa
No ha hecho más que empezar la décima legislatura de la transición del franquismo -que amenaza con ser de ida y vuelta- y Mariano Rajoy se ha atrincherado en La Moncloa, casi sin deshacer siquiera el equipaje a la espera de que pase la tormenta financiera o a hundirse con el barco si se produce la tragedia final. Parapetado tras una Soraya Sáenz de Santamaría, a la que un vídeo que ya ha desaparecido de la red equiparaba con Lisa Simpson, ha decidido no dar ni una rueda de prensa ni dar cuentas ante el Congreso para cumplir al menos una de sus promesas electorales: no mentir a los españoles. Por lo pronto ya ha subido los impuestos -excepto el Iva, que espera su turno- a pesar de haberse llenado la boca durante toda la campaña asegurando que nunca lo haría.
La primeras medidas del Gobierno del PP no han hecho más que ahondar en el camino trazado por Zapatero según los planes hechos por Angela Merkel, que es la que manda en Europa muy por encima de su segundo de abordo, Nicolás Sarkozy, que parece tan perdido como el resto de los dirigentes europeos. A los impuestos le seguirán sin duda los recortes en los servicios sociales y después vendrán la educación y el copago sanitario.
Cuentan algunos ministros, entre ellos el de Exteriores, García Margallo, que Rajoy ni siquiera está interviniendo en la reorganización de los Ministerios y ha retrasado los nombramientos de de los nuevos directivos de las empresas públicas, Renfe, Aena, RTVE, etc, para enfado de sus muchos pretendientes, hasta el punto de que se habla de que en algún caso hay posibilidades de que siga un tiempo el que puso Zapatero, lo que desataría ya directamente las iras de algunos dirigentes del PP que ya han puesto el grito en el cielo por el nombramiento de secretaria de Estado de Investigación y Ciencia de una socialista de pro, Carmen Vela, que hizo campaña en favor de Zapatero en las elecciones de 2008 con los actores y otras personalidades, y al que algún articulista de “infoCatólica” ha calificado como “secretaria de la Muerte” por el apoyo decidido de Carmen Vela a la ampliación de la Ley del Aborto.
A Luis de Guindos, ministro de Economía, le han caído todo tipo de epítetos desde las redes católicas, casi al mismo nivel de las que recibían los ministros del PSOE. Las presiones para que Rajoy cumpla las promesas electorales que hizo a los obispos españoles de anular la Ley de ampliación de los casos de aborto o la que permite el matrimonio entre homosexuales, no han pasado todavía de la primera fase, pero se irán elevando de tono.
En cambio, por la izquierda, hasta ahora Rajoy no ha tenido ningún problema, ni por parte del PSOE que está enfrascado en la elección del sucesor de Zapatero y en las elecciones andaluzas, ni por los sindicatos que parecen dispuestos a negociar recortes en los derechos laborales como una cuestión ineludible. Después de los recortes aprobadas por el Consejo de Ministros en las subvenciones a sindicatos, patronal y partidos, estas instituciones se preparan también a echar a varios centenares de personas a la calle.
Ni la impresionante manifestación de la izquierda abertzale vasca en Bilbao para pedir la libertad de los presos vascos una vez declarada la paz en Euskadi ha merecido la más mínima respuesta de la Esfinge de la Moncloa, lo mismo que los tímidos intentos del 15-M por hacer en los primeros días de 2012 una cabalgata de reyes alternativa y que se saldó con varios detenidos por “agresión a la autoridad”. Las encuestas, además, demuestran que una ligera mayoría del 53% de los españoles apoyan las medidas de Rajoy -excepto la subida del impuestos de la vivienda (IBI)- y que además aumenta la diferencia entre el PP y el PSOE a nivel electoral.
Muchos opinan que Rajoy no va a aprobar las medidas de recorte de los servicios sociales hasta que pasen las elecciones andaluzas, donde un Javier Arenas que ha perdido hasta en cuatro ocasiones frente a los socialistas, sigue insistiendo en la desastrosa herencia dejada por el Gobierno de Zapatero para hablar más de política nacional que de la andaluza.
Por no decir ni mu, el nuevo presidente del Gobierno no ha intentado siquiera explicar sus antiguos apoyos y su creencia en la “honorabilidad” del ex presidente balear, Jaume Matas, y del valenciano, Francisco Camps, ambos sentados hoy en el banquillo de los acusados, además de haber dejado sus respectivas Comunidades Autónomas en bancarrota. Sólo Carlos Fabra y su aeropuerto, casi particular, siguen mereciendo las pullas de los medios de comunicación, sin que aparezca en ningún sitio la evidente responsabilidad que se debería exigir al presidente de un partido que sigue apoyando a semejantes personajes.
El caso del jilguero Gallardón
Alberto Ruiz-Gallardón se siente en su nuevo Ministerio de Justicia como un jilguero en una jaula donde tiene que moverse con cuidado y cantar lo menos posible hasta que Rajoy se digne, si es que lo hace algún día, abrirle la puerta para que pueda revolotear un poco por la política. Por lo pronto ha tenido que prescindir de su pequeño equipo, excepto el ex concejal de Hacienda del ayuntamiento, Juan Bravo, al mismo tiempo que se descubría la inmensa corte formada por ocho secretarias, varios conductores y un mayordomo, que le servían todos los días en la alcaldía. A los que hay que sumar el conserje que tocaba un pito cuando le avisaba la secretaria de que iba a entrar el señorito para que todo el mundo desalojase los pasillos y los ascensores.
Salvo su primera intervención en la toma de posesión donde prometió a las víctimas del terrorismo una dedicación prioritaria, no ha vuelto a decir esta bocas es mía, lo mismo que el resto de los ministros, con excepción de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, y los ministros económicos, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro. Los expertos en “marianismo” -que ya los hay- vaticinan a Gallardón una legislatura muy apagada, como a todos los demás.
Jorge Fernández ha caído en manos de la polícia
Decía el exvicepresidente Fernando Abril Martorell, número dos de Adolfo Suárez, que lo peor que le podía ocurrir a un ministro de Interior es hacer caso a la policía, consejo que no siguió el primer ministro del PSOE, José Barrionuevo, que nada más jurar el cargo se entregó en manos de los “duros” de la Policía y de la Guradia Civil, y acabó metido en los crímenes de los Gal de José Amedo y en la trama de la Guardia Civil del general Enrique Rodríguez Galindo. Lo mismo puede ocurrirle al nuevo ministro Jorge Fernández que ha decidido seguir los consejos de “mano dura” y “cumplimiento a rajatabla de la ley” que le han sugerido algunos cargos policiales para meter en vereda al 15-M.