Lo que ocurre es que el Estado está como en quiebra, y ahora se evidencia en toda su dimensión aquel desbarajuste autonómico que hizo suprimir, hace ya años, los debates sobre el estado de las autonomías en el Senado: cada presidente ofrecía unas cifras que, en conjunto, para nada casaban con las demás ni con las del Estado en su conjunto. Así que, en lugar de proceder a efectuar correcciones, se eliminaron aquellos debates, paralelos a los del estado de la nación en el Congreso. Y ya está.
Ahora, claro, cada consejo de política fiscal y financiera se convierte en un drama. Agravado –o no, quién sabe—por el hecho de que el Gobierno central esté aún en manos socialistas y la mayor parte de las autonomías, en la de los populares. Ambos, en una suerte de comedia grotesca, se reclaman pasadas deudas, ambos alegan no tener dinero para pagar, y el Estado, que está en boca de todos, ofrece una inquietante sensación de quiebra. Se relevan los presidentes autonómicos –el último, en Valencia, Fabra en el puesto de Camps, que tuvo su último día de gloria y elogios--, pero la sensación es la de que no hemos aprendido nada: recortes cosméticos, mismo lenguaje bélico con el de enfrente, la misma falta de autocrítica de siempre y, por supuesto, idéntica carencia de ideas y planes nuevos.
Alguno dirá, ante los síntomas de que la Legislatura se agota, que este es el legado de Zapatero. Y en buena parte puede que sea cierto. Pero es también el legado de la oposición, de los nacionalistas, de esos partidos minoritarios, de las instituciones, de los medios, de nosotros mismos. Si estamos ya ante el definitivo adiós de ZP –aunque él, tozudo, aún seguirá insistiendo en su deseo de agotar los tiempos y celebrar las elecciones cuando tocan, en marzo--, lo más fácil será culparle a él de todo. Así, los demás nos exoneramos de haber fabricado este país que, una vez más alegre y confiado, pero con una buena dosis de mosqueo, afronta, como puede, el período vacacional.
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