Uno de esos políticos que se pasean por las tertulias, cobrando por repetir la doctrina oficial de su partido, en vez de atreverse alguna vez a disentir del dogma, insistía en que no es criticable que los eurodiputados hayan votado en Bruselas en contra de congelarse el suelo (no hablamos de rebajarlo, sino de mantenerlo en el nivel actual) y en contra de viajar en turista en vez de en primera clase.
Su argumento era que estamos hablando del famoso chocolate del loro y que hay trabajos que hay que hacerlos en condiciones dignas.
No sé lo que pensarán de esto los mineros, los profesores cuyos alumnos les agreden, los policías que tienen que comprarse el chaleco antibalas o el uniforme, o simplemente los parados que se pasan los lunes al sol.
Es fácil hacer demagogia con estos temas y por eso me voy a ahorrar lo que pienso de esa casta que, independientemente de la ideología de su formación política, tiene en común la defensa de sus privilegios, porque éste es el único tema en el que siempre se ponen de acuerdo.
Lo que no me resisto a decir es que estamos sentando las bases para que un día se canse el personal y tengamos algún problema grave, porque no está el horno para bollos con tanta gente en el paro, tanto pequeño empresario en quiebra, tanto jubileta con la pensión congelada y tanto joven sin perspectiva de encontrar un curro, aunque sea mal pagado.
En los Estados Unidos de América ya está surgiendo un movimiento de repulsa activa contra las diferencias abismales entre las clases.
Sería prudente que los muy ricos con tirantes no presumiesen de lo bien que les va y que los políticos sin credibilidad dejasen de abusar del loro al que han dejado ya sin chocolate, porque aquí el personal empieza a estar hasta el escroto.
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