Han detenido a Marta Domínguez por su presunta participación en una red de distribución de sustancias dopantes. ¡A nuestra Marta! A ese ángel, ejemplo de esfuerzo y afán de superación, que más que correr, es capaz de volar sobre el tartán. Otro mito a la mierda. (por cierto, ¿sabe alguien algo de Contador y el solomillo traicionero?) Y no es que yo conceda especial importancia a ese rollo de citius, altius, fortius; más aún, que un tío corra más rápido que un guepardo nunca lo entenderá el guepardo y, la verdad, yo no mucho. Pero, era tan simpática, tan franca, tan castellana; era tan fácil amarla en su vano y estéril deseo de correr más que nadie…
La detención de Marta ha sido la puntilla, pero es que dos días antes hemos sabido de qué se acusa al fundador Wikileaks, Julian Assange o, más bien, qué es lo que dicen las denunciantes: una que se rompió el preservativo a pesar de que lo había advertido la violada y la otra que fue forzada mientras dormía. No es que el personaje me guste un pelo –si, lo que hace, como a mi abuela la peligrosa antisistema- pero tras la decepción por conocer lo inútiles que pueden llegar a ser los guardianes de los grandes secretos del mundo, viene la de comprender que no valen ni para inventar una acusación que se sostenga, porque lo de rompecondones te pongas como te pongas raya en la estupidez supina y lo de las sutiles capacidades de Assange que te trastea y ni te despiertas es como de violar más bien poco.
Y, claro, está lo de los controladores. Llegué a tenerles cierto cariño. Llegué a pesar que si hemos montado un mundo en el que es posible que cuatro gatos pongan en fila al personal (esto vale tanto para los controladores como para los mercados, los especuladores y otros eufemismos, naturalmente) hacen bien en hacerse de valer. Pero se han rilado en cuanto les mandaron al cabo furriel.
¿Queda algo en qué creer?
otras opiniones >>