El jefe de filas del socialismo madrileño, aunque ahora lo niegue sistemáticamente, ha maniobrado en las últimas semanas para descabalgar a Castro de la candidatura a la alcaldía de Getafe en los comicios de mayo y colocar en primera línea del PSOE local a la número dos del regidor, Sara Hernández, quien, junto al secretario de Organización del partido en este municipio, Vitoriano Gómez, y la concejala de Obras, Cristina González, forman el núcleo duro del líder del PSM en esta localidad.
El golpe de mano que Gómez quería dar en Getafe llevaba meses fraguándose, aunque la operación tenía un horizonte a más largo plazo, una vez superada la cita con las urnas. La alineación de Castro con Trinidad Jiménez y el arduo trabajo de “fontanería” que el alcalde getafense llevó a cabo en las semanas de septiembre para facilitar el triunfo a la entonces ministra de Sanidad, han precipitado simplemente la operación relevo.
Gómez, ávido por cobrar cumplida venganza al regidor getafense, ha hecho añicos la idea de hombre tolerante e integrador que quiso transmitir desde que se subió al atril de la sede de Callao para certificar su triunfo frente a Jiménez.
En la estrategia del ex alcalde de Parla ha pesado, sin duda, más la idea de controlar con mano de hierro ese cuarenta y ocho por ciento de dirigentes y militancia que se decantó a favor de Jiménez, que tienen en Castro un referente y que no están dispuestos a ser laminados por ese otro cincuenta y dos por ciento que respaldó a Gómez.
De hecho ha existido alguna que otra comida para visualizar esa posición, ante los ajustes de cuentas habidos contra los partidarios de Jiménez. La reunión cumbre de este “sector del 48%” tenía lugar en un restaurante madrileño con cinco comensales en la mesa: Antonio Hernando, Rafael Simancas, Manuel Robles, Rafael Gómez Montoya y el propio Castro. Un encuentro en el que los comensales, con más o menos implicación en ello, se conjuraron para hacer oír la voz de la parte del PSM que apoyó a la hoy ministra de Exteriores.
A esas alturas la famosa integración de Gómez había quedado ya en un canto de sirenas y el “affair Gómez-Castro” estaba en todo su apogeo. Una historia que se iniciaba acabado el Comité regional del PSM de hace tres semanas, momento en el que el líder del PSM, al calor de supuestas encuestas, daba un plazo de cuatro días al regidor de Getafe para retirar su candidatura, algo a lo que éste se negó.
Los días posteriores fueron una guerra de nervios. Los popes del partido: Rubalcaba, Blanco, la propia Jiménez y otros miembros más de Ferraz pedían al alcalde que resistiera el envite (fue invitado a todas las tomas de posesión de los nuevos ministros), mientras que Gómez hacía la guerra en Getafe, reuniéndose en el municipio, y en torno a una mesa y mantel, con los sus huestes (Hernández, Gómez, González y José Garijo), para planificar “la defunción política” de Castro.
Una batalla a muerte entre el ex alcalde y el regidor que pudo visualizarse también en el Comité Federal en el que fue ratificada la candidatura de Castro. Sí entonces el arma del líder del PSM fue el silencio, dos días después, concretamente en un nuevo Comité regional, Gómez volvía sobre las andadas para forzar la renuncia del mandatario getafense. Por el momento, la operación se ha saldado con un toque de atención del nuevo secretario de Organización Federal, Marcelino Iglesias, que ha ratificado la candidatura del alcalde y presidente de la FEMP, acompañado todo ello de la negación de Gómez.
La estrategia, más bien necesidad, de Tomás Gómez es acabar con cualquier alternativa a su liderazgo en Madrid, para que, pase lo que pase en las urnas, ni Moncloa ni Ferraz puedan forzar su dimisión como ocurrió con Rafael Simancas, al que se obligó a renunciar estando ya el entonces alcalde de Parla en la recámara para ocupar el puesto del entonces secretario general. Para eso, el líder del socialismo madrileño necesita controlar a ese cuarenta y ocho por ciento.
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