Nos llegan también en estos días, imágenes de graves conflictos en Grecia, en donde la población, que no entiende nada de macroeconomía ni de altas finanzas, se echa a las calles para negarse a pagar los platos rotos de una orgía de mentiras, fraudes y corrupciones en la que nada tuvieron que ver.
Son asuntos serios, objeto de comentarios en la sala de estar o en el bar, motivos de preocupación real para las personas corrientes; tocan la vida cotidiana en estos tiempos en los que casi nadie parece sentirse a salvo.
Y, sin embargo, si uno se toma la molestia de ir algo más allá. Si desde la extrema dificultad para entender lo más complejo, uno se esfuerza en tratar de comprender qué nos ha pasado, acaba sospechando que la mera lucha por la vida es una cosa pequeña; que podemos hablar de economía sumergida, de reformas del mercado laboral, de subidas o bajadas de impuestos, de pactos, de subsidios…y nos parecerá qué esta o aquella solución doméstica nos permitirá respirar más o menos. Pero tendremos siempre la sensación de que algo se nos escapa.
En 2008 nos fuimos de veraneo tan contentos y, a la vuelta, nos encontramos el desastre. Ninguna catástrofe natural había arrasado los campos, ninguna debacle había terminado de golpe con las industrias, nada de invasiones de extraterrestres o desoladoras guerras nucleares; nuestras capacidades de inventar, de emprender, de amar no habían quedado anuladas por ningún fenómeno desconocido.
Lo que sucedió es que el sistema financiero había entrado en crisis. Y nos tocó observar con cara de bobos cómo los gobiernos corrían a auxiliar a los bancos en dificultades porque –nos decían- el sistema financiero es un pilar fundamental de nuestro modo de vida. Pero han pasado casi tres años y, unos mejor que otros, no vemos el final del túnel en el que entramos de bruces. Nuestro modo de vida, ese para cuya salud el concurso de los bancos era imprescindible, ha empeorado.
Y entre tanto ¿qué ha ocurrido con el sistema financiero? Parece como si lo sucedido hubiera sido el resultado de un designio fatal a juzgar por los muy pocos responsables (con nombres y apellidos) que han ido a dar con sus huesos en la cárcel. No lo fue: la rapiña, la avaricia, el negocio fácil incluso a costa de la ilusión de la gente y las haciendas de todos, fueron perpetrados por gentes que tomaban decisiones; no eran potencias del mal en abstracto ¿O será que los Estados y las organizaciones supranacionales ya no son más que una entelequia, un tentetieso que va y viene al son de los capirotes que les propinan fuerzas que son incapaces de controlar?
¿Y ahora?
Ahora es casi tres años de aquello. Tres años ya y hemos de tragar que tal o cual directivo bancario dispondrá de una pensión de jubilación muchimillonaria. Tres años ya, y todavía las grandes y corruptas (esto último, no lo digo, yo; lo dice el Nobel Krugman) agencias de calificación de riesgo hacen tamblar con sus valoraciones los edificios democráticos que tanto costó levantar. Tres años ya y aún se discute en Europa, en Estados Unidos, en el FMI, en el G-20 cómo ha de recomponerse la situación para mejorar la regulación financiera, qué se puede hacer y qué no. Tres años ya y todavía cuando se habla de imponer a los bancos una tasa sobre sus beneficios para que con los fondos resultantes puedan pagar crisis futuras quienes las provocan, las fuerzas telúricas de los mercados se encampanan y hacen sentir su poder obstaculizando tales iniciativas ayudados por quieres desde la política no desean aprender de lo sucedido porque solo leen el manual de la codicia.
¿Y nosotros? Pues a buscarnos la vida sin asaltar carrefuses y aunque sea cometiendo pecadillos menores con el fisco; a nuestros gurteles, nuestros garzones, nuestros pactos fallidos, nuestras confrontaciones estatutarias... ; discutiendo sobre si hemos de ser memoriosos o desmemoriados. Cosas importantes sin duda, qué remedio.
Y, entretando, no ya en quién y ni siquiera en qué, sino ¿cuando creer?
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